SATISFECHO

 

SATISFECHO

 

«El sexo en soledad es entre el alma y el cerebro».

Proof

 

«Un enfermo de gravedad se masturba para dar señales de vida».

Enrique Lihn

 

Uno al lado del otro, unos pocos centímetros, una conexión, quizás, ajusticiada en las reacciones de un tímido «querer que pase»; ¿qué esperar de ellos? El resultado: austeras negaciones, los revoloteos de un pajarito en el paraíso, sin nunca alcanzar la luna.

La escena reproducía los estragos de dos almas separadas de sentimiento y lucidez, es decir, las sombras de las sobras, la napa del miedo, repartidas en el reflejo de las cuatro paredes del castillo, sosegadas por un foco de anaranjada luz —habitación habitada por la ausencia de una valentía anterior al primer paso.

Un niño de veintisiete y una niña de veintiuno.  

La primera cita consistió en beber vino barato y cenar en un restaurante asiático, lo más rápido posible, a lomos de un tiempo que no se esmeró en sentarse como ellos, esperar, conocer a otros mortales o apaciguarse con su propia sangre.

Mísero destino el que traspasó con ambos la puerta y el aire frío —en medio, de la mano—; además, miserablemente, negara quien lo negara, incluso el Tiempo o el mismo destino, tomaron un camino que ambos postularon como posibilidad; ya en la madrugada, en otro tiempo, en un tiempo limitado, ilegal, nació el último como prueba de confianza en lo desconocido del desconocido que es invitado por una desconocida, presa del desconocimiento, a una desconocida cama. 

Los ojos abiertos, pupila con pupila, casi transparentes, entrometidos en el reflejo, en la invitación de ella, como lágrimas en las palabras que se dicen por obligación, porque esperan un muro que las suplique.

La excusa de mostrarle los libros de Federico García Lorca…

Por vez primera, el deseo de uno encontró refugio en el deseo del otro deseo que se pretende conquistar como deseo; el niño, ocioso, adivinó la vía correcta de sus intenciones, sí, suplicándole que tomase delantera, que buscara el ápice del jugoso y deseoso deseo; pero él, lastimado, en su presente, hábitat sin temor ni arrepentimientos, primero, se cercioró —o eso pensaba, o eso era el miedo—, después, un muro; mientras tanto, ella, la niña, la incómoda en una de sus tantas y santas visitas a esas «primeras veces», recordó los valores de la mujer que tanto soñó conquistar, ella, sin quererlo, recordó noches a la deriva, que no se abre nada más que la mente en la primera cita, que al impaciente se le olvida la miel del presente, la dicha, falseó la experiencia de lo que fue y dejó de ser, y guardó las distancias requeridas en casos de última necesidad.  

El angosto mes de febrero y sus fríos sudores: la ropa puesta y las sábanas descubiertas… 

—No deberíamos… Detente… Por favor… Perdóname… —exigía con ojos como persianas en contra del viento, boca entreabierta y arqueado cuello: bellísimo arco, rasgado, un laberinto para una boca de serpiente.

Oraciones incompletas, sin fe, y suspiros como murallas devastadas y escudos al suelo.

Amargo su desengaño… Ella se lanzaba sin alma a los labios contrarios y regalaba no menos de diez segundos de pasión, como recién instruida, rehén del castillo, hasta desenvolverse, aún más temerosa, ni seca ni sedienta, reencarnada.

Tanteaba el cuerpo de ella con sosiego, tanto ignorante como verdugo de sus manos, esperanzado y cobarde, a la espera de la esperada, vengativa y negativa reacción, preso del momentáneo placer que al momento se le desvanecía.

En busca y captura, en acumulación de valentía o desmedida lujuria, el objetivo en la mira, como picos de gorriones pendientes de los desechos de los demás, se adentraba tácitamente en los breves agujeros y perdía su mirada en dos pequeñas colinas que sobresalían de la blanca cortina echada sobre los pequeños y plausibles pechos de ella, a medida de ambas palmas.

La saliva del oleaje, ¿suficiente para colmar el vaso?

Habría sido el agua recorriendo las venas con la igual libertad que en los jardines de la Alhambra…

Besos calculados, como el oleaje que nace de pasión y muere de tristeza.

Silencios sin tiempo.

 

 

 

Incalculable; me refiero al tiempo que fueron capaces de aguantar, a medias.

Aun así pasaron días en los que el tiempo tuvo tiempo de replanteárselo; mientras, el niño, el enemigo, sí, aun al acecho, menos humano, se adentraba, reducía distancias entre la maleza de flores ácimas —o eso pensaba, o eso era el miedo—, semejante al desconocido que desconoce el desconocimiento.

Ni ella se entendía, ella retrocedía, ¿era necesario el flagelo a sí misma?

Perversa, bajo mínimos en cada mínimo paso, sordos oídos y muda y seca piel.

El secreto, un secreto maltrataba la templanza de su pequeña alma: su soledad era creciente, la última ruptura la sometió y lo agravó todo hacía no menos de un mes, y arrastraba psicólogos, vulnerabilidad; no quería, debía precipitarse de nuevo —o eso era la excusa, o eso era el miedo—; y, esta vez, «parece un buen chico»; el deber, el deber de que, en tal caso, debería ser diferente, diferente, más ameno, real, solo diferente, al menos eso, diferente… 

Los días se repetían sin descanso, circulares.

En precisos momentos, ambos aceptaban su lugar en la escena, y él navegaba en contra de la corriente, la mirada entreabierta divisaba el bosquejo de una isla en el horizonte, desaparecía la luna y el tiempo se detenía, él se ahogaba y ella le salvaba, y así sucesivamente…

Se buscan, se presienten, se imaginan, se apetecen, se agazapan, se venden, se desnudan, se lamen, se olfatean, recorren, se frenan, se mienten, se disgregan, se repelen y se matan…

Y uno de ellos seguía con el supuesto error de pensar en los demás antes que en sí mismo.

Miedo, supuestamente el miedo, el miedo de provocar miedo en ella, en la discordancia de pensamientos y supuestas consecuencias, de un mal paso o una mano fuera de posición.

Tan respetuoso como cobarde, cansado de dar y nada recibir a cambio.

Ilusos e ilesos, injustos y ajusticiados.

De nada le servía levantar la cortina y humedecer los pequeños pechos y marcar territorio, en vano.

Ángulos a la medida del deseo, indeseables roces por encima de un muro de ropa, gemidos por encima de un tiempo futuro.

La senda de toda agua, dirigida por una fuerte corriente, descendía y se desprendía como sucedáneo en un rocío afrodisiaco y caía en cascada; y ella imaginaba atrocidades con el dedo de alguien en la boca, sin asentarse en ninguna piel ni en ningún órgano…

Desafortunadamente, alguien agarró el sexo de alguien: alguien desatada, abarrotada y agarrotada, a punto de desfallecer; y, compensatoriamente, recreaban posturas, desarrollos carentes del suceso, sin tiempo.

El cabello cuatro centímetros levitando de sus hombros, apropiado, en su sitio, con un color amarillo como el de las primeras horas de un liso amanecer; una estatura diminuta y acorde; blanca la piel como la superficie del agua al mediodía; la boca gruesa y propensa a la adoración de rodillas o a mordeduras; los ojos entre el marrón de la sierra y el verde de la palmera; un perfume capaz de causar furor entre las flores y la muchedumbre.

—No podemos… No se debe… No podré resistirme… Esto no es bonito… Ni diferente… Solo pido unos días más… Por favor…

Palabra tras palabra, cada palabra amansaba al alma…

 

 

 

Sobre el frío mármol de los escalones interiores de un edificio, alguien recibió un mensaje de alguien: certero.

Y el excesivo pálpito del corazón como indescifrable intento de comunicación…

Inmóvil e indiferente, sin aspavientos o sospechosos movimientos, gestos de culpa, abrió la puerta y entró.

Nostálgica soledad la suya y la que reinaba en el suelo de lava, en las paredes de gotelé y el techo de sombras de su habitación; en pocos pasos se desnudó por completo y regaló una sonrisa al contaminado aire, acostado sobre las descubiertas y húmedas sábanas de la mañana.

Sintió un fuerte dolor abdominal, sensible y agudo, en la zona baja e íntima, y en corazón y párpados, manifestándose el punto de máxima expresión y concentración en ambos testículos, en todo su sexo; suspiró de resignación y acomodó sus manos sobre el privado y púbico bello, comprobó la sequía de pasto seco y matorrales y un único superviviente en el centro, erecto, y descansó.

El cuerpo le era insoportable, una ligera y desdeñosa caricia le proporcionaba un crudo retorcer, abatido, y una acumulación, también severa y cruda, la presa de un embalse, que oprimía algo más que su vida y arrepentimiento; ahogado, lo acarició y lo sujetó, pero las respuestas solo le proporcionaban la continuación de los mínimos movimientos de la mano e intensificó el suplicio.

Y apareció el clemente consuelo de la autocomplacencia personal e individual.

Sin salida, agarró el tronco del árbol; la mano izquierda se deshizo en la sábana mientras la derecha producía suaves movimientos, al principio, desde el tronco hasta la copa y viceversa; poco después, aumentó el dolor, la velocidad de los movimientos, el placer, el flujo del agua.

En la oscuridad de ojos cerrados, surgió el cuerpo de ella, piel con piel, sin barreras, etérea; y lo comprendió, comprendió que nunca iba a dejar de ser lo que era, ese no querer ser lo que se fue en el pasado, que nada merece más la pena que el presente que se ofrece.

La vida no es una novela, tampoco poesía.

Incertidumbre: sensibilidad mata a seguridad.

Tras los espasmos, estremecimientos del alma, todo terminó, apareció el vacío, la perpetuidad del sueño, solo quedaron las sobras de los recuerdos del tiempo, y un sexo barroco y flácido, sin remordimiento alguno.

El mejor sexo es ese que no te propones.




A primeras horas, cuando el cielo reúne cuatro colores y gorriones y estorninos se adhieren al cuadro de siluetas oscuras, el niño despertó con un solo dolor en el pecho, en silencio, satisfecho; y un sexo, una unión, un amor, quizás, que pudo ser y una fue ni será.

 



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