EL CAMINO DEL AMANECER —QUE, EN GALICIA, NO ES POCO
«Un libro debe
construirse como un reloj y venderse como un salchichón»
Oliverio Girondo
La hoja en blanco provoca y consume lo mismo que el primer día de vida o muerte, trabajo o esclavitud, ciudad o país, impuesta o arraigada soledad, renacimiento o reencarnación, hastío o baldío.
Si el vino es la sangre de Cristo, el whisky es la sangre de los apóstatas…
Cae la noche en la literatura y nada es lo que parece, ni lo que los hemisferios pretendieron o soñaron, tampoco lo que hicimos cuando pudimos y verdaderamente no quisimos…
Entonces, si aún no comenzó mi viaje, y permanezco sobre las desgarradas lagunas saladas de mi mismo y propio pellejo, no hay razón de hacer esto; sí, me confundo, me comulgo, me designo, me desalineo; lo hago, sí, lo hago, quizás, para no arrojarme desde mi balcón, o para no ahogar negra tinta entre negras aguas; lo hago, quizás, igual que vicio y aspiro una rama de olivo que se deshoja y opta y teme y sale al exterior, en absoluto, sí, en absoluto secreto, quizás, mientras mis amigos duermen en las habitaciones contiguas al fracaso.
Sí, soy escribiente, me autoengaño de autocomplacencia, miento más de lo que hablo y escribo, decido cómo debo ser único y mi único contribuyente.
Ley de vida es la duda…
Indudablemente, si caigo y lo repito y me levanto y lo repito porque lo repito, es para ofrecer o regalar señales de vida, demostrar la nada a un sentimiento de nada, no caer enfermo de agonías y recordar, como anciano de banco, lo que el tiempo deshace y se llevó.
¿Por qué? ¿Pretendo escribir y divulgar
cada rincón del viaje que empezará en escasas cuatro horas? ¿Pretendo caminar
el camino de un personaje de novelas, llamado Santiago?
En
el balcón, de madrugada, Orihuela, 16/08/2025
Todo lo que nos sucede nos sorprende. A mí, incluso, me sorprende escribir, tanto como la firme inestabilidad situada en la soledad de la encina de mi izquierda, me sorprende tanto sorprender como sorprenderme o ser sorprendido, y medito, tanto como ni siquiera entender cómo las sucesiones de la vida se asemejan a los toscos y bruscos e innecesarios movimientos de un cuerpo de piel y carmesíes vísceras que es trasladado en el interior de una vasta sucesión de hierros, a alta velocidad, que se alimenta de carbón alimentado de electricidad.
El tren no es para los escribientes de nada ni de nadie. Lo sienten y no lo siento, más ellos que sienten que yo no siento. Nunca nadie pensó en nunca dejarnos de lado, o, sin más, entrevió con pies de sordo, sí, excepto los tontos y sensibleros melancólicos y nosotros mismos, en endémicos y breves acercamientos a lo mísero, en largas noches de bohemia e ilusión.
¿Qué reflejo? En estos momentos, me encuentro a escasos dos litros de oxígeno de gritar y levitar como vencejo recién despierto a mitad de caída, respiro con la fuerza del piloto y copiloto que, a propósito, pierde el control y la vida. La tinta sufre de ansiedad, tortícolis, tartamudez, incluso la indecisión del pobre que visita —fuera de horario— un palacio.
Mis acompañantes eluden las horas para demostrar que existen, se sienten observados, sobrepasados de moscas y arañas que reclaman el alquiler, algunos observan el cristalino y marino reflejo como ciego de banco que sueña y nada aspira y aspira últimas gotas sin agua de lluvia, otros duermen y olvidan lo que olvidan cuando se quedan en blanco, viven la suerte del masturbador y preventivo presente, y, quizás, la gran mayoría, lloran de fuera hacia dentro.
Los pobres niños sienten los primeros ardores de la vida al echar de menos las abducciones provocadas por la rutinaria monotonía y la ausencia de sonidos y cuarenta colores
El tren no es un rosario, Huidobro, es un puente, una asustadiza culebra con verde indigestión, una procesión donde, en este caso, el vano mano de santo, con el idealizado plan de antemano y pantallas de señalización, sujetos a asientos de inflamable cuero, a tientas de compartir espacio con combatientes desconocidas compañías, conduce a los peregrinos al destinado destino que alguien sugirió como destino, sí, carente de atajos o nuevas proposiciones.
¡Al cielo con ella! ¡Olviden los cinturones de seguridad! No, arrogancia de desdeñado político sin autocrítica. ¿Será culpa suya el olor a mustio sexo, hollín, embalsamado óxido? Aires de nave espacial que se atora a mitad de cielo… Hierros y situaciones que nunca entenderé.
Lo único salvable, como nosotros lo somos en el sillón de Dios, es el país de fálicos molinos en pupilas de hélice, es el paisaje a través de vidrios trabajados para resistir el mejor sexo a mitad de trayecto en una montaña rusa, es la casta romana y antigua Castilla de la Alhambra y el Cid y Cervantes, es la tierra que comparte con turistas la inestabilidad y la inactividad y la inmensidad del mar-océano adentro que nos rodea. Correcaminos, sube y baja la superficie, recorre dehesas y desiertos, concurridamente vigilada por inexpertos aguiluchos en constante ahorro de energía, cubierta de pieles de pardo beduino lagarto peninsular, y acepta la cría y el cuidado de regidos campos y educados girasoles, firmes estepas, y algún sargento roble o preciada princesa encina… La suerte, suerte, es divisarlo con miopía de prismático.
Y nada más, tan solo suerte. ¿Suerte o
suceso? ¿O la suerte es un pretexto del suceso y viceversa? Oye, ¿y el vagón de
los escribientes, a prueba de ásperos malos andares y poca empatía? ¿Cuándo
termine el trayecto podré mantenerme en pie y evitar de lleno la epilepsia?
En
algún lugar de la Mancha
Amanece… Que no es poco. Lo mucho es que son las seis de la tarde: una tarde con alma de Nerón, hispánica, en las inmediaciones del collar de oro que clama la montaña.
Fuego en el fondo del mar-océano, en los suburbios del bosque. Los llantos y el vapor de agua arrojan la cortina sobre el sol y lo convierten en uno más —cíclope con ictericia—. Sí, lo observo de tú a tú y mucho me entristece; insignificante, habitable, como la negra sangre de una mujer que sabe lo que quiere, semejante a la importancia del espejo más que del reflejo de una mujer, parecido al desecho como resultado de la pérdida de toda pasión y temor con pasada mujer, e imagino un plácido apocalipsis, sin aullidos de hiena.
Fogata con humos de secta. Las capas de nubes y el cielo de capirucho, por su lado, ayudan en todo lo que pueden y engullen calor y color y dividen, desahucian, a distancia de ángel, protegiéndonos de los malos presagios.
Donde no encuentres pájaros en el cielo…
Cuatro
pasajeros, al borde de las llamas, Oviedo
Simpático recibimiento, nada más pisar asfalto y vendimias de antaño, mejor, incluso, que un posible recibimiento a manos de un tal San Pedro u otro llamado Santiago.
El pueblo en un solo hombre de pueblo: vulgar
imagen de venta y consumo.
—El pulpo fresco y al mediodía, a no ser que no quieras pisar y volver —dicho con armonioso y casto, canto y acento gallego, acompañado de entrenados y usuales gestos que utilizan en turistas de primer grado.
Puede que la simpatía de los gallegos, exteriorizados de falsa indiferencia, tenga su genética en la curiosidad de su curiosa curiosidad. Al crecer y alimentarse de pueblo, bosque y montañas, lo sorpresivo de un nuevo segundo, lo usual que ofrece la vida, por mínimo que nos parezca, en ellos, es capaz de tomar la forma de una curiosa indigestión que, sin pesares, solo es posible curar por medio de sinvergüenzas preguntas y ligerezas del destino.
En breves y empáticos momentos, incluso, acaricio entenderlos… Obvian el pasajero dolor, no reclaman, porque saben que nada recibirán a largo plazo, ya que, por acongojada desgracia, cada peregrino que se pierde y se cruza en el camino de un gallego, tiene menos vida que amor y corazón abiertos, pues nunca más se cruzarán de nuevo.
¡Os imploro, agradecidos de la salud que divulgáis, mantener cerradas toda persiana y ventana de toda casa de Sarria! ¡Masacre mata masacre! Amenaza de apaches helicópteros sobrevuela y acecha los exteriores; ánimas asiáticas y asesinas, nunca marchitas, marciales y silenciosas, piel negra oscuridad y bordados de coagulada sangre de calabaza. ¡Sí! ¡Obreras, en el próximo llamamiento a huelga general, cuando os repongáis del último ataque furtivo, os aseguro todo mi apoyo y consideración!
En la noche, calles de cementerio. Murallas,
el miedo como epitafio, y casas como losas de piedra, cubiertas de sombra sobre
honda sombra; bocanadas donde tendrás gran posibilidad de encontrar al hombre
lobo, al hombre murciélago, al hombre cuervo, al hombre del saco, al hombre
araña, e incluso a la Muerte misma, que te preguntaría lo siguiente:
—¿A dónde vas, hijo mío?
Bajo la realidad que ofrece una desolada farola, una pareja de murciélagos aparece un segundo y desaparece en el siguiente. Desafortunadamente, comparten la idiosincrasia de dos niños que actúan como troncos de árbol en la función del colegio.
Y nada más, como encontrar un cabello de
princesa en los jurásicos parques de Galicia.
Sarria
Te despides y te duele; duele mucho despedirse de cualquier gallego, sin miramientos, con el amanecer como única despedida, en contra de nuestras anchas de rana, tan solo por disponer de la pequeña obligación —disfrazada de propósito— de encaminarse y llegar a la introspección a través de alguien llamado Santiago, aparecido en sueños, en la inclinación de una tierra que te recuerda que es más fácil volver que seguir adelante.
Afrontas la subyugada perspectiva, aceptas el cambio de escenografía y subes, te das cuenta de que la belleza solo es un complemento y no reduce el esfuerzo físico, intercalas miradas entre el verde y el marrón, recuerdas, te preguntas la razón de tu llegada y existencia…
Recorro primerizos pasos de inacabado laberinto, donde un paso más en la lista es un paso más de vuelta y dos de camino.
Comen pasto y saludan… Vacas sin marido, nacidas para la fiesta de una temprana jubilación, propensas a la recurrente masturbación de senos color carne humana. Sus paseos se sienten carcelarios, uniformados, rutinarios y de un único sentido y camino. Como únicas excepciones, observo la substitución de rejas y grilletes por numéricos disparos en las orejas, gritos de acento gallego, y tuberculosos perros, sin gafas de sol, trabajando de guardaespaldas.
Al menos, como final de etapa y acto de
bienvenida, cuando un peregrino llega al pueblo y toca la campana de la
libertad, las señoras olvidan a sus maridos de campo y salen a sus balcones a saludar
con las piernas y persianas abiertas. Y no solo eso… Con ambas manos danzan, en
poética armonía, las faldas como abierto oleaje y airean las cuevas y telarañas
de sus sexos de pocha manzana sin depilar… Lo femenino: un único y pecaminoso
aquelarre.
Sarria
- Portomarín
¡Fermento láctico arrojan los domingos folclóricos!
No, no existen las jóvenes, no calcularás poco kilometraje en húmedos terrenos. No pierdas el tiempo. Deléitate con la espuma del turismo y su rápido olvido.
Este pueblo parece ser la última generación de lo inédito e inimaginable —los nietos y las familias solo procuran visitas en puntuales días de verano—. Si la edad de los vecinos sobrevive, es gracias a las mujeres que se alojan un solo día y regalan la nostalgia del año próximo.
Un ancho río que produce la misma confusión en un indiscreto suicida que en un pescado con alma de trapecista. En resumen, una misma y empedrada calle, ida y vuelta, y la vuelta en la ida y viceversa, y nada más… Eso sí, sí, soportales que actúan como refugio a favor de sedientos peregrinos que buscan regenerar perdidos litros y rellenar de fría cerveza las ampollas como pezuñas del caballo blanco de Santiago.
¡Diviso, mientras el vino se agota, socialización entre jóvenes que sonríen de frío y divorciados que recuerdan lo que era sonreír de calor!
Interiores sin necesidad de aire acondicionado… ¿Para qué?
Como aprovechamiento, en los breves minutos donde el atardecer acepta el sueño y, como sin quererlo, ofrece los colores más bellos y agudos, los matrimonios del pueblo salen en procesión y saludan a los peregrinos en un acto que se asemeja al aquí te pillo y aquí te mato.
Rodeados de montañas como anagramas, la cigüeña es sereno, nido y fachada.
Cabe destacar la gran inteligencia comercial de aprovechamiento: adoran el Raxo —un filete a la plancha sobre una abundante base de patatas fritas… Digno de sabotear como auténtico placer gastronómico—, además de compartir la carta con bocadillos como brazos gitanos y platos de última cena en cadena perpetua.
En la noche, grillos y el bosque —a mi
vera— que nunca duerme…
Portomarín
El ancho río se queda atrás con música de uniformado velorio y la inquisición toca la campana, antes de dar comienzo a la segunda etapa.
Como ínfimo refugio, existe un aire limpio que se aspira por los poros con el color real de las cosas, semejante al indescifrable rocío que brota de una hoja.
En alturas no acostumbradas, te desubicas de realidad e imaginas que la Muerte se olvidaría de ti a mitad de cuesta… Sigues, sí, sigues casi sin quererlo —pasos como vagos latidos—, y aparecen los cuervos con ojos de vigilancia y tenue seguridad.
Pocos kilómetros son necesarios para
descifrar la letra pequeña y descubrir que el verdadero peregrino encubierto es
el que, cada par de kilómetros, se estaciona en una terraza, traga centilitros
de albariño o ribeiro, y engulle isósceles pinchos de tortilla de patatas, que
se desparraman con tan solo fijar la mirada.
Portomarín
- Palas de rey
De repente, desde lo alto, cuando la bienvenida al pueblo es oficial y se sudorífica hasta la última cana del alma, carcomidos, zambullidos en desaires de pulpo recién pescado, las calles que bajan como fingidos tentáculos, que terminan en la plaza de la iglesia, deliran el hambre y una sangre de calvario reclama un opresivo reposo.
Estacionamiento asegurado para cualquiera que reconozca conocer a un tal Santiago, masiva venta de toda proporción áurea, soberana y justa industrialización, amplia gama de básicos y buenos comercios, ápices de desmedido consumo en calles de serpiente que se cuentan con los dedos de una mano y dos pies… Sí, como esperado resultado: buena comida y ardores con gusto a lomo de ángel.
¡Juventud! Jóvenes, jóvenes en las calles del pueblo, jóvenes del pueblo, de pueblo, sin necesidad de sentirse y vestirse como peregrinos que vienen de otro pueblo.
Bajo el sol de un jugoso atardecer con pulpa, las mujeres se exponen en la plaza, secan sus sexos y regalan las gotas más dulces al rocío de la mañana siguiente. Mientras, los hombres se jactan de observar cruces y conchas y recuerdan la inequidad de poseer preciada abstinencia.
En la noche, estúpidas chimeneas de espantapájaros,
luces sonámbulas, burdeles de farolas y una araña como visitante y vigilante de
seguridad durante las vacaciones de una fábrica.
Palas
de Rey
La oscuridad de las ojeras se mantiene en el cielo cuando la tercera etapa comienza.
Difuso, rancio amanecer de agrio limón exprimido, importado desde país enemigo, sin pepitas; finalmente, sí, vacío escarchado, sin más… Inaudible distancia con el sol, alto y vago, raso, con finas hebras de palo, sin fuerzas de mucho, sin apetencias de pulpo.
En Melide, apariencias de una sola calle y nada más por recorrer. Te reciben con expuestos cuerpos de pulpos a la manera del mercado negro, exhibiciones como jamones de pata de oro, y un domador en la ventana principal, pero con sello de calidad en la puerta.
Ruiseñores sobre ramas que nunca encontrarás… Señores que narran las escenas de la Pasión según San Mateo de Bach, mientras la ruindad del peregrino pasa por debajo de sus pies.
Urracas que nunca dejan de reírse de los
peregrinos que pasan por debajo de sus butacas.
Palas
de Rey - Arzúa
Tordos y estorninos, pero, ¿cuál es cuál…?
Los afónicos cuervos de siempre…
Un trozo de verde bosque que se respira y palpa desde la ventana…
El carnero que nunca deja de sufrir…
Los ladrones gorriones…
Estos son los estorninos interrumpidos
por los coches:
El estornino sirena.
El estornino sonar de barco.
El estornino ambulancia.
El estornino entreverado.
El estornino cáscara de cascanueces.
El estornino astral, espacial, divino,
planetario.
El estornino pitido final del partido de
fútbol.
El estornino imitador de Charles
Chaplin.
El estornino en el viaje al centro de la
tierra.
El estornino con burbujas en la boca.
El estornino con brote psicótico.
El estornino de ondas sísmicas.
El estornino de primera cita con el
solfeo.
El estornino que nunca sintoniza la
emisora adecuada.
El estornino que avisa por la espalda.
El estornino que subyace a vírgenes
gallegas.
El estornino solitario, soltero, a dúo,
en grupo, como los niños del coro, y el cuervo de Edgar Allan Poe como indigno
profesor.
Arzúa
Encuentro con una gangosa estampa familiar en la cuarta etapa: un abuelo gallego mantiene a su nieta gallega en brazos mientras ella observa los quehaceres del campo y calcula las propiedades que heredará en el próximo futuro.
Pensándolo bien, quizás resulta que el abuelo solo desea reconocer que, si ella quiere y retiene suficiente inteligencia, a la muerte se le puede sacar buen partido y asegurado destino…
¿Tortilla de patatas, gelatina Royal o ventrílocuo del surrealista queso Camembert de Dalí? Los aclimatados a cuajados círculos de salvamento y haragán supermercado, denunciarían a la sanidad pública y las personas vaca regresarían a los líquidos de la carne.
Así es… Vuelta y vuelta, como la tirita de la vida misma, enemigos de la cebolla. Meloso, jugoso gusto y nunca minúsculo fruto del disgusto. Placer que compartiréis con vino y fotos y orgullosos famosos y cocineros de la más alta gama de barriga y sociedad.
Las encinas arrojan los frutos de la
carne del padre —también llamados glandes— cuando confunden a peregrinos con vacas
o entrevén brotes de alcoholismo.
Arzúa
- O Pedrouzo
A escasos veinte kilómetros de Santiago, las mujeres pierden la timidez y abren los poros y las canillas al perder el control de las piernas y las ingles.
Por ende, los hombres hacen cola en locales de buena muerte; entran y salen, tragan lo que necesitan, nunca pagan; uno por uno, en solitario, acompañados del camarero y un picoleto de vigilante, en casos de melancólica y nostálgica experiencia.
Y, sumidos en el fresco fervor de herbolario, en una azotea con vistas al huerto de un viejo gallego, bajan al pilón y tratan de seducir a cualquier peregrina con tal de no terminar el camino más solos de cómo lo empezaron.
Rebaños de sucia hemoglobina… Penumbra
en la noche de las calles…
O
Pedrouzo
La densa niebla, que recuerda al plumaje de una cigüeña en almohada ajena, refleja la primera palabra del amanecer, que precede la última etapa de esclavos pies con indigestión.
¡Soy el único espectador de la competición musical entre un cuervo dictador y una bandada de estorninos! ¡Tú sí que vales! ¡Batalla de gallos! ¡Los estorninos tienen mejor repertorio!
El cuervo se queda con la antena, pero calla cuando recibe la onda expansiva…
Lavacolla y sus pretenciosos fálicos bocadillos de más de cincuenta y tantos centímetros de largo. Es más… Alrededor del rojo palco de música, divisado desde la llegada a la aldea, se exponen los sexos, en formato concha, como reliquias de las pasadas y pobrecitas mujeres que contraían matrimonio con los peregrinos que se llamaban Santiago.
Hortensias… Significa que ya queda poco… Anhelante angustia en rodillas de amianto…
Pienso que, seguramente, a vista de
vencejo, burdas enlatadas cabezas rellenen la plaza que hace de curandera —caviar de otro norte…
O
Pedrouzo - Santiago
Un apóstata y un peregrino sin preparación física y mental pensarían que el camino solo es la tapadera que oculta uno de los reflejos del sucedáneo e insuficiente castigo que Dios impuso a los israelitas durante cuarenta años en el desierto.
Caminar, caminar un camino hecho y nunca derecho, sin descanso, madrugar al alba, solo porque un tal Pelayo el gallego soñó un insomnio boreal y la ubicación de un cuerpo, cubierto de conchas, a la lujuria deriva, en una barca de piedra. ¿Caronte, dónde te encontrarás cuando se te necesita?
El sol se ilusiona en las tardes; duerme en las mañanas; ama la madrugada.
Amanecer de sexo cielorraso.
¡Los nombres de los días no importan! ¿Y el tiempo? ¿Lo recuerdas? La querida creación solo aparece en la operación que se utiliza para calcular lo que falta hasta el pueblo o el bar…
Perros y gatos que nada de nadie quieren, que nada de nadie necesitan, que nada de nadie sienten por nadie que se mueva y tenga corazón, con alma de asceta, dotados para permanecer y morir como fiel mobiliario de salón, pasean, cabizbajos, solitarios, inapetentes, y viven porque una joven gallega les amamantó de cachorros.
Erecto exceso de falos, burdeles de cruces y conchas alrededor en todo el camino…
Galicia vive en la imaginación del pobrecito Edgar Allan Poe, donde cada cuervo es una de sus tantas reencarnaciones, como Lamas, repartidas por el mundo.
¿Por qué alargan las vocales y fingen sorna y curiosa sorpresa?
Manchas en el difuso cielo, avistamientos no identificados, idénticos movimientos, inamovibles, aparentemente insomnes, alas rapaces y capaces de lanzar la aguja del pajar.
El eucalipto se proclama sobre el crepúsculo y lo traspasa sin permiso. Disculpad… Lo hacía, ahora son criados en cuadrados como ganado de carnicería.
¿Hacia dónde mira el musgo? ¿Hacia el norte o hacia su parecer?
Caminan, se autoflagelan, ponen las dos mejillas, los dos pies, los dos gemelos, las dos rodillas, las dos piernas… Y, aun así, se arrodillarán en la plaza de los cautivos…
Las peregrinas divorciadas reclaman todo el proclamado y rezado amor con hinchadas pantorrillas y menopáusicas rodillas.
Ellos se refugian en el silencio de Dios y yo en el silencio de los libros…
Echo de menos a mis vencejos y a mis
garcillas…
En
algún lugar del camino
Las picheleiras ponen sus sexos a
hibernar sobre las conchas que indican el camino hasta la catedral de Santiago
y en el interior de las almejas del cantábrico que cualquiera puede chupar y
tragar.
En los meses de invierno y pesares, las
picheleiras se retractan y se retraen en sus sótanos, conmovidas de peregrinas
ausencias, porque las sensibilidades les muerden las palabras y una gaviota
invasora se les ahoga en las pupilas.
Las picheleiras abren sus piernas como
golondrinas, y los turistas les huelen las resistentes y traspirables ingles de
campo como los toros huelen el sexo de cien vacas.
Las picheleiras escupen al suelo de piedra,
sin necesidad de emborracharse o mascar tabaco, cuando se les cruza en el
camino una cruz de falo con un santo a los pies.
¿Pelos en la lengua? Cuentos y cuervas.
Las picheleiras son básicas y mágicas:
dos pantalones en cada una de las piernas y una pequeña base de azúcar y
almendras que recubre la superficie del triángulo equilátero.
Las picheleiras pasean sus suaves pieles
de suave empanada gallega y, cuando te analizan, te comparan con Santiago antes
de decidir el próximo asesinato de corazón; flamantes y orgullosas criaturas de
toscos versos, inigualables, inalcanzables, incautas, desilusionadas como
antigua ciudad, como luciérnagas de iluminado sexo.
Las picheleiras no necesitan, no, no
esperan en los balcones con pechos al aire, no, no salen con intenciones, solo
observan y esperan al hombre que siempre aparece, solo se atreven a secar la
lujuria en la misma cuerda que la ropa tendida, sí, así son; por tanto, el
desvalido recién rechazado tampoco necesita sentir la aceptación de la vaca que
está a punto de desangrarse por un bien comunitario…
En corto resumen, las picheleiras de
Santiago son como sus abuelos quisieron y, igual que sus abuelas e igual que
las abuelas de sus abuelas, en los meses cálidos, uno de sus vicios más famosos
es detenerse en el balcón y ver pasar a los peregrinos que se parecen a
Santiago, pues resulta el hecho más importante de sus cortas y largas vidas de
mujer gallega.
Abismos, cubismos, regeneración, órgano de oro del orgasmo, en el centro de la Catedral.
Limosna en cada esquina, incluso el fuego es donativo… Casino…
—Dios es mi camino. Dios y gracias.
Arrodillados en las calles confirman que la catedral recibe más dinero que ellos…
Ciudad que obtiene su verdadera belleza en magna madrugada, en anaranjadas y sombreadas calles con perfume a pastel de naranja y chocolate, en la soledad del desvariado y desvalido que pasea y no logra asentarse a la piedra, cuando los peregrinos duermen en ellas…
Los niños en Santiago no juegan en los parques, no, no es necesario; en la noche, sin luces, en secreto, cuando los padres gallegos duermen, los niños se sientan en la sombra de un banco y observan a sus mascotas jugar en los columpios y toboganes.
Todos los tejados iguales; entonces, ¿la nieve será la misma…?
¿Cuánto dolor necesitaron para crearte,
Santiago? Enorme manía de enormidades…
Santiago
«Tan solo un
cuaderno y no sé qué haré al llenarlo…»
Proof
Estoy solo en esto… Ellos murieron… La sociedad sobrevive… Releer a Borges, Enrique Lihn, Oliverio Girondo, Jorge Teillier, Pablo de Rokha, Antonio Gala, Roberto Bolaño…
Escribo para callar mi boca, mis oídos,
mis manos, y, por encima de todo y sobretodo,
todo lo de los demás.
En conspiración y eterno debate que
abate mis dolores.
En busca de la serenidad que predicó
Antonio Gala.
Como castigo que acepto.
Como holograma del cardumen que me rodea
y existe.
Como ejercicio derivativo de una irrumpida
pasión nacida a consecuencia de una
renacentista y necesaria pérdida.
Como clérigo graznido en contra de homogéneas
indagaciones unilaterales.
Como pasión que restringe el enjuague
con la idea moral de un oficio.
Como Pablo de Rokha, con la vagabunda
actitud melancólica de quien contempla la
humedad del tiempo tras los
vidrios…
Como Oliverio Girondo, porque no puedo
dejar de hacerlo.
Como Enrique Lihn, porque
sobrevivo.
Para evitar la felicidad.
Para no permitir a mi persona sentirse
parte del rebaño, de los escritores de mi época,
de la especie, de las enciclopedias, de
la línea de pensamiento.
Para desquitar mi cruda y basta timidez.
Para imitar el gorjeo del eterno vencejo.
Por una sentimental y experimental
necesidad.
Porque no quiero impregnarme y prefiero
encerrarme.
Porque alguien, que no soy yo, me lo
pide.
Porque es lo más cerca que estoy del
vacío.
Porque es lo que me hace estar vacío.
Pero, realmente, ¿cuál es la verdadera motivación, la que nunca se proclama y siempre se mantiene en tímido secreto? ¿Qué tan necesario es publicar? ¿No ser leído? ¿Vergüenza de lo que opinen los que cambian de opinión según lo que opinen de ellos? Publicamos, como dijo Macedonio Fernández, para no estar toda la vida corrigiendo el mismo borrador. Cuando, sí, parece que siempre uno escribe lo mismo y parecido a lo mismo, sí, el mismo interminable e inútil poema tan irremediable… El arte de la endémica colocación del lenguaje en lo invisible, la trepidación de la gramática, lo mecánico, dinámico, difícil, banal, desconocido…
Esto que no es nada ni sirve para nada, simple carbono, módico, ilógico, pero esconde intrínsecas pieles y sangre real.
El poema nace como una mujer rubia, sacándose la camisa.
Si Dios existe, habita en el poeta, por lo cual, el diablo —que siempre existe— debe habitar en el poema… El diablo ofrece males y Dios regala testigos. La figura de la muerte, como bastarda, permanece codo a codo a nuestro lado y algunos de los secretos son revelados. Por ende, si soy Job, Dios es la poesía y yo el poema.
Debe colgar del hilo del alma y acariciar el polvo; convertirse en una espada sin filo, sustituible como alado mosaico, semejante al acto de llorar tras la primera respiración, un eclipse, la luna, sangre derramada en una habitación oscura, sangre, sangre oscura, sexo oral sin consentimiento ni protección, el sabor a bilis del último trago, la bilis, el trago.
Pero se trabaja con barro y con sueño… Cuando el vacío es el retal absoluto y se habla, se canta, se escribe en vano. Cuando es un acto miserable, estúpido y cobarde, lleno de inútiles que desean una inmortalidad que no existe. Entonces, pierdo el tiempo como dinero y la vida al mismo tiempo. Me ahogo en el vaso de la impúdica perfección, de la ingrávida carencia, de la cadencia, de Dios, de la Muerte, del tiempo; construyo y me astillo, soplo, soplo y olvido la memoria y la sombra de las piezas, recapacito y escribo en blanco, en vano. El futuro es ilusorio, los propósitos más de lo mismo… Lo único verdadero se encuentra detrás del espejismo y sueño el momento de charlar con ella e irme con la satisfacción de la simpatía y el respeto.
¿Carencia de filosofía y abundancia de autoayuda? ¿Insuficiencia rectal, mental, psíquica, moral? ¿Qué tan nula es la fe en los demás?
¿Qué puedo hacer? Si al final solo
queda esa sensación… De no lograrlo… Cuando…
En
el balcón, Orihuela, 10/09/2025
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