NOEL
NOEL
¿Por qué tenedor y contenedor no
comparten similitud en el significado como tener y contener? ¿Una rebelión de
casualidades? Juzgaremos la estadística, cada probabilidad saliente de
cualquier probabilidad, también al arbitrario aleteo de una mariposa en el
Indostán —la vida se rige y sigue el curso de secretas invisibilidades. La
suerte se agarra de cualquier encuentro casual, de la naturaleza misma; en
cuanto se debilita la esperanza, ella sube de escalafón. Sospechamos con
resignación que toda suerte es una clara interpolación del azar, como el babilónico
juego de la lotería —cabe destacar que las rutinas están impregnadas de azarosas
consecuencias, consecuentes del azar; también cabe olvidar la condescendencia
del destino en su máxima expresión, tan suya como la voz de Dios.
Lo que sabemos con certeza es que a
nuestro hombre, Noel Escudero, incrédulo y realista, el azar o el destino le
deparó un implacable tumor en los pulmones, con una suerte de metástasis
avanzada, de camino al cerebro —recordemos las invisibilidades de un encuentro
casual, esta vez, sin nostalgia: la neblina de una mañana cualquiera y enfrente
un antiguo compañero de clases. El destino: uno médico de cabecera y el otro un
superviviente. Después, la soberbia del médico en una sugerencia fácilmente
evitable: «Uno ya se aburre con el tiempo y la vejez. Pásate una tarde de estas
por mi consulta y te invito a almorzar por los viejos tiempos… Pero antes te
hago unos análisis, que te noto la cara apagada». Apagada… Sí, y encendido el
modo automático. Él, que llevaba más de veinte años sin pisar un hospital —cierto
que no tenía nada que perder. Nadie lo tiene, a decir verdad; pero la penosa muerte,
para quien la toma como inevitable, no se llega a perder como tal, solamente se
traspasa el umbral y se muere como tal, nada más. Él habría muerto ahí mismo,
pero no lo hizo.
Meses después, aceptó el tratamiento con
desgana y medio arrepentido. Nada más se decidió porque en el fondo aún
necesitaba y soñaba con una dulce jubilación y una muerte en Tailandia, a menos
de dos años para ella, que seguramente coincidiría con la fecha en la que tuviera
que volver tras una larga recuperación; por lo que la doble suerte le depararía
no trabajar más en el resto de su vida.
Comprendió además que la vida no tenía sentido, pues le parecía indigno de ser
humano echar a suertes el único capricho capaz de regalarse a sí mismo.
Llegó a detestar toda actividad al aire
libre. En el ápice de una asombrosa recuperación, que coincidió con la caída de
la calvicie, frecuentaba un solo parque, «El parque de los mirlos», como él lo
llamaba, a diez minutos andando de su casa. Entre conocidos y no conocidos
(nunca calificados como amigos), era rodeado y agasajado; se convirtió en algo
así como en una atracción de la que todo ser de cualquier edad y tamaño tenía
derecho a frenar el recorrido y compartir opiniones. Eso sí, nunca recibió de
primera mano una felicitación por el hecho de que estuviera vivo; muy a su
pesar, veneraban su buena suerte y la envidiaban en secreto, agradeciéndole
además a Dios por la mínima e invisible intervención. «Usted debe arrodillarse
y dar las gracias a Dios», decían y repetían… Nuestro hombre sonreía y hacía
oídos sordos y contestaba encontrarse mejor que nunca —no hay por qué perder la
costumbre de mentir, pues los verdaderos amigos compartirán tu bienestar de
quita y pon y los enemigos sufrirán sus propias consecuencias.
No entendía la etiqueta —careta, disfraz—
de los muchos que se jactaban de seguir una u otra religión —la ley del pido
porque necesito, doy las gracias si recibo lo que pido, acato si recibo lo que
me es justo y necesario, sigo las tradiciones a través de las huellas de mis
antepasados… ¡La fe! La fe a nuestro hombre le inspiraba lo mismo que el
transcurrir del tiempo entre el inicio de un suceso cualquiera y su final y
posterior olvido; también le flaqueaba como alimento espiritual, como vía de
escape. «La especie humana y el afán de no valerse por sí mismo y creer en algo
a la fuerza y porque sí», divagaba. Era agnóstico por una cuestión filosófica;
sinceramente afirmaba que nunca nadie será capaz de disponer de los
instrumentos para dar por hecho la existencia o su contrario. «Me desahució un
cáncer terminal, o sea, ¿sobrevivir me pone en la obligación de creer en Dios?
No, demasiado fácil, necesito una razón más noble, más aguda, una que no
necesite entrometer a la fe de por medio».
Por otro lado, desde lo alto del cielo,
entre trinidades y eternidades, Dios estuvo al tanto de la ignorancia y la
falta de agradecimiento de nuestro hombre. Al poco cayó en la cuenta, y se decidió
por tomar cartas en el asunto. Pecó en la condescendencia de tomárselo
personal. Necesitaba un conejillo de indias. De primeras pensó en el diablo;
pero, gracias al recuerdo de su infinita memoria, más pronto que tarde se
arrepintió. Finalmente, eligió la figura de la Muerte.
Hay unos minutos antes del amanecer en
los que todo yace predestinado, y de ello son conocedores los pájaros. El azar
conjeturó la llegada de nuestro hombre para el instante en que el sol guiña el
ojo por última vez, cuando las tórtolas planean hacia el abismo y los vencejos
aprovechan los últimos chapuzones en la atmósfera. La casa le recibió en
soledad, con aparente naturalidad; en cómodo silencio, a ratos turbado por la
respiración de las ventanas abiertas. Y pensó: «Los muertos no emiten señales
de ninguna suerte. Mala suerte y paciencia, puesto que la vida es un lapso de aprendizaje
musical del silencio» —como si la poesía planteara o solucionase lógicas
especulaciones, o incluso toda suerte de destinos. Si es así, la balanza no
debería soportar el peso de ambos lados. Al igual que nuestra Muerte, agazapada
entre sombras, como acostumbra, que apareció entre rencores y nubes de
divagaciones, y que provocó en nuestro hombre el típico sobresalto que acompaña
un encuentro no correspondido. Sin mucho tiempo para la reacción, una voz
ubicua le dijo: «Agradécelo, he aquí tu mala suerte».
El error fue tomárselo como un sueño, ni
siquiera como una pesadilla —a la gran mayoría les sucede lo mismo.
Irreprochable, el destino puede ser algo despiadado.
Recobró el sentimiento de vigilia y reanudó
sus rutinas. La casa mantuvo su aspecto habitual: el oxígeno y las ventanas
abiertas, las maletas de viaje en un rincón del armario, el sillón reclinable,
los libros, el cenicero. Estaba clínicamente muerto; él no lo sabía, sentía,
pero disfrutaba de tres días en una especie de puente anterior a la eternidad —los
cuales ocuparon una noche y un amanecer de realidad. Setenta y dos horas para
agradecer lo que Dios nos deja y Dios nos da. El caso es que la Muerte no tenía
potestad alguna para la persuasión o la intervención en un acto desdeñoso de la
divinidad; pues se paseaba por los pasillos, se escondía en los rincones, otras
se sentaba en una silla a descansar, mientras nuestro hombre (en lo suyo, sin estupor
ni un mínimo de ilusión) tan solo se dedicó a leer una novela y fumar
cigarrillos (uno por capítulo). Francamente, no tuvo tiempo para pensar en algo
tan banal como la muerte. Nada más superar el cáncer terminal, se mermó y se
acogió a la noble filosofía de mantenerse ocupado y evitar la pérdida en
hacerse preguntas, como aprovechar el instante presente con sus más y con sus
menos. Y entre medias dormía en intervalos y voces ubicuas y femeninas le
decían: «Una palabra tuya bastará para saciarle».
Al cabo de tenaces cavilaciones, Dios
cerró los ojos —lo fácil hubiera sido poner fin a todo desde un principio—. «Le
reitero la vida para que disfrute de algunos buenos años de jubilación y así me
lo paga», palabras de Dios. En esto que subieron dos ángeles con la intención
de incitarle y evitar una mala suerte de despecho divino. Uno de ellos dijo:
«Señor, somos menos que simple apariencia; la existencia de los ángeles es la
inutilidad de la máscara, de la cáscara. Nuestra participación en el mundo es
una ínfima apariencia; pues el simple hecho de aparentar, como dice el poeta, nos
hace creer y querer ser lo que no somos. Sí, ellos son el humilde y único fruto
de tu creación. En una mañana como la de hoy apareció el primer bípedo, nuestro
fiel retrato, largamente esperado, y supimos que nunca más volveríamos a estar en
soledad, en silencio. Recuerdo que la primera palabra fue una exclamación o un
gemido, y a partir de ese momento aprendimos a comunicarnos, a reírnos con
ellos y de nosotros mismos; la escritura, los pensamientos, el entendimiento;
llegamos incluso a creer comprendernos a nosotros mismos… Noel Escudero, Señor,
solo es duro de mollera; tenga paciencia». El otro interrumpió y dijo: «Señor,
lo que quiere decir el ángel Damiel es meramente sencillo. Somos espontáneos,
un poco demasiado insignificantes, más de lo que el deseo permite. Nos ha
tocado vivir espiritualmente y ser testigos de lo que sienten los demás.
Mentiríamos al negar que a veces nos mata no poder intervenir en sus decisiones
o pensamientos intrusivos, o luchar en contra de los miles de demonios que se
cruzan en sus vidas… Solamente permanecemos como los únicos espectadores de una
eterna película, en la que, desgraciadamente, ellos son los únicos protagonistas.
Señor, tu creación, Noel Escudero, necesita paciencia. Ambos lo conocemos muy
bien; siempre que podemos lo observamos y escuchamos. Entienda, Señor, que la
suerte de superar un cáncer terminal fortalece el alma y reinicia la vida. Ya
lo dijo el ángel Borges: conocer la propia finitud los hace, al mismo tiempo,
preciosos y patéticos. Los más aciagos viven en una burbuja desde la que
ignoran la fuerza de tus obras y quehaceres y viven el libre albedrío… ¿Qué se
le va a hacer? Cualquiera afirmaría que en cada rebaño hay al menos una oveja
negra. Aun así, este no es el caso de nuestro hombre. Él está solo, no tiene a nadie
a quien preguntar, y se sabe que mucha lectura provoca mucha confusión.
Recuerde, Señor, el malentendido que ocurrió con Job y lo bien que obró cuando
hizo acto de presencia en la tierra. Baje y hable con él, Señor».
Así como en los juegos del azar las
cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, Dios visitó con
dignidad la casa de nuestro hombre.
Aquí la historia se complica y se
ahonda. No abrazó a Dios; comprendió por error que se trataba de la
continuación del primer sueño; pero esta vez, más consciente, quiso aprovecharse.
No se intimidó, tampoco frenó, aunque en un principio se sintiera vagamente
humillado y largamente satisfecho. Procedió, casi con desdén, con la satánica maniobra
de discutir con la mismísima divinidad; de aprovechar la oportunidad y debatir
puntos de vista y resolver las dudas del alma. Preguntó: «¿No te da pena que
los tuyos sean tuyos porque dejan de ser suyos?». También preguntó: «Si es
verdad que tienes un plan predestinado para cada uno, ¿entonces de qué sirve
arrodillarse y rezar?».
Ninguno quedó ni satisfecho ni
agradecido, símbolo del irresistible destino.
A la mañana siguiente despertó como quien recuerda una obligación. El término de su vida fue algo brusco, como el grito de un pájaro, pero a nuestro hombre le prometieron una suerte de vida eterna en el infierno —a la que nadie se acostumbra.
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