ETERNO TIEMPO
ETERNO TIEMPO
No somos nadie. Yo ni siquiera soy quien
fui. La gran mayoría de los recién llegados no me cree. Usted, señor, lo más
seguro es que tampoco lo haga. Al menos de primeras. ¿Cuál es su nombre, señor?
Por cierto, discúlpeme, el nombre es innecesario. De aquí en adelante, me
referiré a usted como señor. Tranquilícese,
señor, no se me apure. Tendrá tiempo suficiente para comprender y para lo que
haga falta. Aquí, siéntese, perfecto. Observe a su alrededor. No debe preocuparse
por el tiempo, señor, está de sobra; es secundario (tenemos esa suerte o desgracia,
y sigo sin diferenciar entre la pena y la gloria). ¿Quién lo sabe y quién lo
sabrá? Así es. Eterno tiempo. Bonito nombre. No hay filósofos por la zona. Piense
que el tiempo aún no ha sido creado o sentido por cualquiera de nuestros semejantes.
Observe detenidamente. En abundancia… En abundancia de nada. Observe cuanto
desee. Aquí no hay tiempo que perder. ¿Lo recuerda? Comprendo. Disculpe, lo
olvidaba: la identidad como tal no existe (tuvo tiempo de tener una en
propiedad). Es difícil; lo sé de sobra. Respire. Tranquilo. Basta, basta. Así
es, señor. Sin más preámbulos, le contaré mi historia. Es costumbre; quiero
decir, mi costumbre. Agiliza el asentamiento. Así es la oralidad; y así quizás
recuerde algo que le sirva de ayuda en alguna desgracia. Tome asiento si lo
necesita. Mucha información, comprendo, señor. Tiene mal rostro. Observe el
mío. Es normal esta bajeza, no se preocupe. Acabará por acostumbrarse. Se
reirá, señor, de la felicidad… Una noche murió mi abuela (por parte de madre).
Tres noches después, mi abuelo (su marido), sufrió el mismo destino. Morir de
tristeza: común como las tórtolas. Se cansó de ella (de la tristeza, digo).
Otros duran años, incluso. Hay amores que no matan, sino que ahondan en el
sufrimiento y se aferran a él y la vida es la que tiene que decidir el final de
la historia. Usted habrá sufrido mucho, señor. ¿No cree en la tristeza de mi
abuelo? Consecuencias de hacer al amor costumbre (no rutina). No es que el amor sea ciego: es deslumbrador
solo. El amor es egoísta contra el que no lo tiene. Mire, señor, uno de los
resultados. Un matrimonio, prácticamente desde la adolescencia. Toda una vida
juntos, señor, como se decía en la vida. Recuerdo la madrugada ulterior al
entierro de mi abuelo con una embriaguez nada nostálgica. Las personas mayores,
usted sabe. Un vivo ejemplo de una experiencia ejemplar. Difícil no empatizar.
El semblante del ser humano. Una verdadera pena no llegar a viejo, señor.
¿Cuántos años logró acumular hasta llegar aquí? No es necesario que responda,
señor. Lo respeto y ambos nos respetaremos. Además, tampoco creo que sea
necesario. Por lo que parece, así de inmortal queda uno. Hice girar la llave
como si la cerradura fuese una máquina del tiempo. Estaba sumamente debilitado:
tres días monótonos, dos entierros y una botella completa y reluciente de whisky sobre la mesa del salón. Fue
suficiente. Decidí atajar por el camino fácil. ¿Alguna vez usted indagó en este
pensamiento? Cada día que se despierta es
otra puerta del pasado. Nada vuelve, señor. Lo tiene claro. Mejorable.
Continúo, entonces. No tuve las fuerzas para cambiarme de ropa. Color negro,
como debería ser este mundo que habitamos sin sentido. Empecé con los
preparativos: el hielo que lagrimea al respirar, una sábana por encima del
cuerpo, un libro escrito por un muerto, una libreta manchada de vida, el
encendedor y el cenicero. Todos sobrevivimos gracias a lo que llaman vicios,
señor. ¿Qué decirle? Cuando El Concierto
de Aranjuez se apoderó de mi oxígeno y del ritmo del ambiente, en mi cuerpo
sentí una zozobra familiar; la misma sensación donde el poeta se da cuenta de
que un clavo incrustado, cercano al corazón, tapa la salida de unas palabras
capaces de derrocar al silencio. Sea como fuere, en los primeros instantes del
amanecer desperté sin esfuerzo. La resaca sin arrepentimientos, señor, nada más
que ese placer. ¡Qué desgracia recordar! Es lo único que nos queda. Mal vicio
el nuestro. Entonces, la boca seca, la mente en blanco y las manos manchadas de
tinta. Por otro lado, el aire era difícil de tragar. No sabría explicárselo. El
sudor y el humo secos y encerrados. Todo era crudo y yo era todo menos un
recién nacido. Algo ocurría, se lo aseguro, señor. Las sensaciones de uno,
supongo. Sin asearme y con la misma ropa negra emprendí, somnoliento e
impregnado de vigilia, el camino hacia mi humilde desayuno en el bar de todos
los días. Yo vivía cerca de la playa, señor. Lo más inteligente que uno puede
hacer es irse a una playa (palabras del Muerto, por cierto). ¿Usted lo conoció,
señor? Entiendo. Como decía, no hay nada como la serenidad que brinda la brisa
del mar y el silencio, y salir a la calle y tener más silencio y soledad y naturaleza
natural que en los sueños o en la mente, o entre las cuatro paredes de una
casa. Sí, fui feliz. En este y único presente, pues, como usted comprenderá,
prefiero no responder (aunque, si usted es listo y escucha con atención, le
será dada la respuesta más pronto que tarde). Al pisar la calle pensé muchas
cosas; pensé incluso que era el comienzo del esperado Apocalipsis según las
revelaciones de San Juan. En esos estados tenía un sueño tan profundo y reparador
que quién sabe si las trompetas sonaron mientras dormía. ¿Es usted cristiano,
señor? ¿Cree en algo? La condena es tanta que no es necesario tenerlos en
cuenta (como consejo). ¿Este mundo es la creación de alguna deidad? Si es así,
seríamos huérfanos. Yo prefiero no indagar en balde. Eso es, señor. No, no
ponga esa cara. Algo habrá hecho, como se dice aquí. Entonces, ¿por qué está
conmigo y no en el supuesto paraíso? Usted está aquí, no se preocupe. ¿Sigue
atento, señor? Perfecto. Trato de adelantar materia al mismo tiempo que usted
conoce mi historia y mi llegada y, sobre todo, la llegada a este mi puesto. De
esta manera le será difícil llegar al olvido. Sé que una cosa no hay. Es el olvido; sé que en la eternidad perdura y
arde lo mucho y lo precioso que he perdido: esa fragua, esa luna y esa tarde.
Tampoco le es conocido, claro, señor. No es el momento, comprendo. Pues, miré
al cielo y era como este cielo: un grisáceo apenas sin color que no quiere ser un
blanco puro y un cúmulo de nubes inamovibles con solo el contorno sombreado, semejante
al trazo de lápiz de punta fina. No lo sé, señor. ¿Dónde estaban los pájaros?
¿Dónde están? Dejaré el tema. No deseo parecer debilitado frente a usted,
señor. ¿Qué sería de nosotros? No. La esperanza también puede ser utilizada
como recuerdo. Continúo, disculpe la nostalgia. Fíjese usted que, con la
extrañeza que producían los alrededores y las dudas en mi interior, seguí el
camino: una cuesta intermedia de poco más de trescientos metros y un pequeño
giro a la derecha. Justo a mitad, tuve el destino de encontrarme con una mujer
mayor, aparentemente perdida y mal vestida, que (en mi opinión) sufría portar
unos ojos inquietos y soportar las efusivas expresiones y acciones de un cuerpo
necesitado de atención. Yo soy (era, discúlpeme) una persona tímida y
asustadiza, señor. El conocimiento trae el miedo a lo desconocido. Cambié de
acera de una manera rápida y desapercibida, al igual que las gentes que se
acurrucan en una esquina y agachan la cabeza cuando tienen la mala suerte de
compartir un espacio cerrado con algún vecino o desconocido. Aun así, si bien
lo recuerdo (como si fuera el ayer del ayer), desde la distancia, la señora
mayor preguntó:
—¿Ha visto usted a mi marido? Se llama
Ramiro y es muy guapo.
—No, señora, discúlpeme —contesté con
firmeza y sin aminorar el paso.
Tuve miedo, (el típico miedo, aunque ya
no lo llamaría miedo), lo reconozco, de una posible persecución por parte de la
señora mayor en busca de una información más detallada, y no miré nunca más atrás
y aligeré el paso hasta los máximos de mi capacidad. Giré la esquina y, en
pocos pasos, llegué a los dos escalones que uno debe subir para posicionarse en
el inicio del pasillo que separa las dos amplias zonas de terraza y finaliza en
una puerta corredera de cristal que conduce al interior del bar. Atento, señor,
justo a la mitad de mi camino por el pasillo, un hombre (que, más adelante,
pude desentrañar como desdeñado y con las ropas polvorientas) apareció y
desapareció a mi izquierda. Yo caminaba cabizbajo y apenas logré captar la
presencia hasta que, a mis espaldas (encima de uno de los escalones y con la
mirada en el cielo y los brazos abiertos en cruz), gritó:
—¡Por favor, diles que me lleven pronto!
¿Algo que añadir, señor? Lo suponía.
Pues yo tampoco lo hice… La poca reflexión de este mundo. Adiviné que, a las
afueras y en mi interior, ocurría algo grave; pero no logré preocuparme, solo
bastaba preguntarse a uno mismo y no responder. Usted está preguntándose cosas
desde el primer momento en que comencé a hablar y apuesto mis recuerdos a que
aún no ha llegado a nada en concreto. ¿Diles que me lleven? ¿A quién se dirigía,
señor? Ojalá algún día encuentre al desconocido de los escalones y disponga de
la posibilidad de contarle mi historia en busca de su alivio y comprensión. ¿Cómo
le va, señor? ¿Mejor? Ahora solo vale reír; la risa no es una medicina, pero es
un pasatiempo. Recordará estas palabras, señor. Entré al salón y lo encontré
vacío. Ni un alma (literal o no literal, como usted guste). No tenía ganas de
sorprenderme por la ausencia de ruido y personas, solo descansar el cuerpo y
desayunar tranquilo. Entonces, en suma, cuando tenía la dirección y el próximo
destino en la mesa de todos los días, cerca de la barra, una voz habló:
—¡Un cliente! ¡Un momento que ya salgo!
Estuve inmóvil (como usted) y haciéndome
preguntas con la mirada en un punto fijo, hasta que apareció un hombre con
bigote y las manos ocupadas en la limpieza sobre limpio de un vaso de cristal
que, asomado desde la puerta de la cocina, preguntó:
—¿Qué desea?
—¿Y Ernesto? —pregunté intrigado.
Con los amigos uno se preocupa más que
con la propia mujer, señor. ¿Usted tuvo mujer? Todos lo hicimos, señor. ¿Cambio
de tema? Escúcheme, no hablé de Ernesto porque es un recuerdo; pero un recuerdo
amigo. En este punto del relato viene al caso traerlo de vuelta. Ernesto era el
dueño del bar. Ya sabe usted que todos los días en una mesa cerca de la barra
el encuentro se hace inevitable y un arduo proceso para dos tímidos
introvertidos. Los hombres, entre ellos (que yo recuerde), no hablaban de
sentimientos o secretos o desgracias. No se me apure, señor, entre nosotros es
diferente; es mi trabajo y es necesario para que usted comprenda y llegue a un
estado de serenidad difícil de encontrar en este mundo. Aceptar, señor. Acepté
esta eternidad. Adelante. La cosa es que no recuerdo cómo salió el tema, pero
sí estas palabras de Ernesto en una mañana cualquiera.
—Hace veinte años, en una jornada como
la de hoy, murió mi padre. Sufrió un infarto y se desplomó en la cocina. Los
pocos clientes se percataron cuando el olor a pan chamuscado y el humo negro
llegó al salón. Yo estaba en el colegio, en medio de un examen, y el director entró
a la clase con cara de susto a darme la noticia. Aprobé el examen; supongo que
la compasión lo hizo por mí.
Dime, señor (sinceramente), ¿usted qué?
Uno escucha esas palabras en su interior y se queda mudo, con poco que hacer,
con mucho que padecer y con menos que pensar.
—Ernesto está en el instituto. Tiene un
examen muy importante. ¿Le ocurre algo? ¿Larga la madrugada? Necesita un café
y, en menos que canta un gallo, lo tendrá —dijo el padre de Ernesto entre
medias de mi silencio.
Corrí con la mente en blanco y sin mirar
atrás, señor. Un impulso, como decían en la vida. ¿Un impulso cobarde? Por mi
parte, no hay respuesta, señor. Cuando quise darme cuenta, estaba en los
escalones de la entrada, rodeado de soledad. No lo olvide, señor. Yo era yo; yo
era incapaz de gritar o suplicar como el desconocido de los escalones. No era
miedo… Era otra cosa. La incomprensión de la incomprensión, supongo. Aquí es
difícil, señor. Por esa misma razón, es una eternidad: necesitas un eterno
tiempo para comprender. ¿El qué? Para eso mismo me tiene enfrente suya sin
moverme. Usted puede ser el primero. ¿Qué me dice? Igual de mudo que yo, señor.
Y recordaba cada palabra y acontecimiento recibido por mis sentidos en esa
mañana, y, aun así, sentía como si solo necesitara caminar y mantenerme lo más
cercano a la serenidad más pasiva que pudiese imaginar. Es como si en este
mundo fuéramos tan haraganes que la incapacidad para pensar sin adormecerse sea
como respirar y sobrevivir en la vida, como si estuviésemos hechos de tanto
principio que alcanzar el final de cualquier camino sea inviable. Un laberinto
carente de centro, por ejemplo. Dios es
una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna.
¿Comprende, señor? Si no hay centro, no hay nada que lo rodee. Nada está
presente o cuelga de algo. No existe (usted y yo tampoco, por supuesto). El
caso, señor, es que pasé varios minutos en la entrada con la mirada en este
cielo. Casualmente, con la poca individualidad que pude conservar, decidí poner
rumbo a la zona de acantilados que solía frecuentar para leer, meditar y
escuchar la repetida muerte del oleaje contra la arena. La última opción,
señor. Y, para continuar con mi sinceridad, señor, sentí una pequeña e
insignificante pizca de esperanza; una esperanza que no conducía a nada en
concreto. ¿Quién lo sabrá? La respuesta, recuerde. ¿Dónde, si no, señor? Caminé
sin interrogante ni sorpresa. No encontré ni un alma por el camino. Solos yo,
mi silencio y mi pobre destino. ¿Pobreza de qué? Discúlpeme, señor. Agárrese.
No se me apure. Le pido plena atención. Cuando llegué el mar parecía apagado y
triste de soportar ser la fotocopia de la fotocopia del original. ¿Usted me
entiende? Un agua sin color ni reflejo, señor. Usted me dirá que el cielo no
era azul, que era normal, que de tan confundido que estaba transformé la
realidad. ¿Realidad? ¿Qué realidad, señor? La realidad es la condena de padecer
y perecer en un mundo como este; en un mundo donde el agua está muerta; en un
mundo donde el agua sobre la arena oscura no es eterna y, en cambio, nuestro
tiempo lo es. Entiendo su frustración. Aparente confusión, señor. Es lo que
abunda: el pan de cada día. Y sigo, sigo, señor, disculpe la insistencia. Me
hablará usted de la naturaleza y demás. La
naturaleza es una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia
en ninguna. Le ruego que no es necesario, señor. Éramos yo y la nada en un
supuesto acantilado. Llegué a la zona de siempre (una zona llana en medio de
una montaña de rocas cubiertas de sal). Nos situamos, señor. Yo, sentado sobre
una roca. Esto sí que no se lo espera, señor. Puede que logre sorprenderle y
sacar de ese apagado rostro una sonrisa de esperanza. Pues, semejante a cuando
un vencejo despierta en una caída al vacío, por primera vez, señor, hice algo
coherente: me pregunté si estaba muerto. Y, esta vez, tuve la respuesta por
parte de una voz que apareció a mis espaldas:
—¡No puede ser cierto!
Confundido, giré y, del susto, no acerté
en apoyar una de las piernas sobre el suelo y caí de rodillas y manos abiertas y,
como un tímido soldado en primera línea, en silencio y sin querer llamar la
atención, me incorporé e imaginé escapatorias con algunas posibilidades de una
ejecución similar a la llevada a cabo en el bar. En lo que puedo recordar (que
no es poco), el extraño vestía ropas de una época pasada y una sangre adherida
a la mayor parte del cuerpo. Burló mi presencia; tenía mucho que decir y continuó:
—Tenía tantas dudas y tanta soledad… No
pareces muy magullado. Alguien con suerte. ¿Cómo fue lo tuyo? ¿Algún tumor? ¿Cuándo
llegaste? Eres la primera persona. Créetelo. ¿Cuánto tiempo habrá pasado?
¿Quieres oír mi historia? —dijo con rapidez y sin ningún tiempo que perder,
mientras se deslizaba desde la cima para acortar la distancia conmigo.
¿Encontró la similitud, señor? ¿Está
perdido? Ahora le será más fácil. La vida es el encuentro con una o varias
casualidades, y las decisiones importantes corren a cargo de la ejecución en dichas
casualidades.
—Lo recuerdo como si fuera ayer
—continuó con los ojos abiertos, pero vacíos de sensibilidad—. ¿Cuándo fue
ayer? No importa; la historia sí. Bebí mucho, lo reconozco. ¿Qué hacer? Tenía
el corazón destruido; antes era parte de una mujer que no he vuelto a ver. En
un paso estaba vivo y al otro llegué aquí. ¿Usted sabe algo? ¿Usted piensa?
¿Y qué hice, señor? Claro que lo sabe
(no lo niegue). Inmediatamente, tomé el camino de tierra más cercano, subí la
montaña sin mirar atrás y corrí hasta llegar a la primera esquina que utilicé
para descansar y recuperar esto que es todo menos oxígeno. No era el momento
para… Ninguno lo es. Suma y sigue la cosa, ¿no? La historia es lo que importa.
Sí. No en ese supuesto señor; pero, más adelante, tuve una ocurrencia: si el
extraño dijo sin miramientos (a través de su historia) que yo estaba muerto, yo
podría hacer lo mismo a los recién llegados y agilizar el trabajo. Al menos
usted no huye como yo o los pájaros. No tiene cuerpo, ¿verdad? No es usted el
primero ni será el último. Yo, es que era más joven (sin querer faltar, señor).
Usted dirá que no necesita escuchar mis palabras, pero me dará la razón en
algún momento de su larga eternidad (no pretendo asustarle). Ya sabe, utilice
el recuerdo de mi historia como guía para su porvenir. Si no hubiera sido por
él, señor (ese Él debo ser yo en
usted). Desaparecí tan despavorido que no tuve la placentera oportunidad de
darle las gracias. El caso es que llegué a mi casa sin quererlo sobremanera. En
el camino no recuero divagar sobre el tema importante: estar muerto; solo me
dediqué a observar los nuevos paisajes del nuevo mundo. Le recomiendo pasear,
señor. Es bueno para la salud y la mente de cada uno. Conocer el terreno
siempre ayuda; si uno le suma el sentimiento de estar perdido, el resultado no
es mortal (porque no se puede matar lo que ya está muerto), pero las secuelas
son eternas. Aun con la ropa negra y perdido en el laberinto de mi cabeza,
inmóvil en el centro del salón de mi casa, sentí una gran somnolencia y solo
pude obligar a mi cuerpo (o lo que sea) a tenderse sobre el sofá. Acostado y
con la cabeza apoyada en un incómodo cojín, justo enfrente del frigorífico y la
barra de la cocina, tenía la mirada en semejanza a una televisión que busca
inútilmente el canal que no existe y el espectador no encuentra, señor; una
cruda batalla de párpados que se debaten entre la duda de la realidad y la
armonía del sueño que olvida y sigue. Atento, señor, se lo ruego (es este el
momento); imágenes grisáceas y difuminadas, un pitido característico en ambos
tímpanos, el inesperado crujido de un mueble de madera cualquiera, y una voz
que surge del eco y dice:
—¿Cómo llevas la mañana de hoy?
¿Apuestas? Mi abuelo, señor; la sombra
de mi abuelo, muerto hace tres días. ¿Lo recuerda? Casado con mi abuela (muerta
tres días antes que él) desde adolescente. Como comprenderá, en este presente
no puedo calcar con palabras lo vivido. De nuevo… La somnolencia se apagó y me
incorporé y descubrí a mi abuelo vestido con un traje negro al completo
(camisa, corbata y sombrero incluidos), apoyado sobre el frío mármol de la
barra de la cocina con ambos codos. Ni más viejo ni más joven, señor; indescriptible.
Lo único perceptible supongo que fue su piel pálida y, a la vez, tostada por un
tiempo indeterminado. Lo sabe y espero que usted conozca y corrobore mi
sinceridad en toda la historia, señor. Desde el principio, y más después de
esto. Escuche con atención, entonces.
—Desconcertada. No sabría cómo… —dije
sin querer.
—Ven conmigo —concluyó mi abuelo,
acompañado de una mano tendida a la espera de una de las mías.
Paso a paso, señor. Tenga sumo cuidado.
Si aquí no hay precipitación o acto de precipitarse, no quiere decir que usted
no tenga la posibilidad de caer en un precipicio. Estará conmigo con que este
mundo sea uno de ellos. Por otro lado, no cometa el error (aunque en su estado
actual y conociéndole a medias lo dudo mucho) de decir que es fácil salir de
aquí. De hecho, a mi humilde parecer, señor, resulta un acto imposible de
consciente ejecución. Conocerá más detalles, no se preocupe. Discúlpeme, no
deseo divagar, señor. Siga con extrema atención, se lo suplico. Sea como fuere,
viajé (o algo parecido) a manos de mi abuelo por un camino de momentánea
oscuridad. Por lo tanto, en lo que dura un parpadeo cualquiera, desperté en una
amplia habitación de paredes blancas y cubiertas de una luz real (el sol,
señor, el amado sol), en conjunto con algo tan pasado y tan rutinario como lo
era la danza de las cortinas al compás de una leve brisa y un claro atardecer.
Me encontré anonadado, señor; solo, pletórico y, en el inexpresivo sentido de
la palabra, acompañado por mi abuelo. No tuve mucho tiempo de libertad y
actuación (una real pena), porque, súbitamente, escuché unos pasos que
recortaban distancias conmigo y, con el semblante calmado, me acurruqué (lo más
insignificante posible) en una de las cuatro esquinas, al aire libre, sin temor
alguno a ser descubierto. Lo acepté, señor; después de tanto descubrimiento en
tan poco, comprendí que todo era la continuación de un inicio que pasó por
encima de mí y no me despertó (precipitado o no por mi abuelo). Y que era lo
más parecido a un sueño. Pues, forzado de intriga, decidí jugar como se espera
en los sueños y esperé una llegada. ¿Cómo le va, señor? ¿La temperatura es
buena? No tenga vergüenza en trasladarme cualquier cosa que aparezca en su
cabeza. La intriga, sí, lo suponía. Perfecto. Una puerta se abrió y mi abuelo
(mi otro abuelo, el del pasado) entró con pasos cansados y, posicionado entre
medias de ambas cortinas (contemplando el paisaje de la ventana que no pude
nunca descubrir ni admirar), encendió un cigarrillo. Descubrí que era
invisible, señor (tal y como lo somos en este mundo y presente, pero, en ese
caso, yo estaba en el pasado de la vida real). No hay punto de comparación (no
es necesario). Aquí siempre se pierde. ¿Lo dudaba, señor? ¿Alguna mínima
esperanza se aloja en su nada? Le recuerdo que no somos nada (así de claro se
lo propongo a usted). Los demás se jactan de pensar, en cambio, señor, nosotros
ni siquiera existimos para pensar (de ahí el resultado de no ser nada). ¿Por
dónde iba? Discúlpeme, señor. De manera que me dediqué a observar a mi abuelo
(vestido, esta vez, como una persona viva en vaqueros y camisa); además de su
juventud, es decir, lo desconocido para mí cuando ni había nacido, todo el
tiempo que perdí de él; hasta que la puerta se abrió de nuevo y mi abuelo ni se
inmutó. Responderá usted que la llegada de mi abuela, señor. ¿Mi abuela?
Lamento decirle que se equivoca. Se lo diré, señor, no se me apure. Apareció
una extraña figura con forma y rasgos humanos que (casualidad o no) llevaba el
mismo traje negro (camisa, corbata y sombrero incluidos) que mi abuelo llevó en
mi casa en la mañana que (muerto) apareció en mi casa para llevarme de la mano
al pasado de sí mismo.
—Y
bien, eso era todo. Aquí tiene la vida, mírese en ella como en un espejo,
empáñela con su último suspiro —dijo la extraña figura del traje nada más
entrar.
—La muerte es el temor del sospechoso
movimiento de un arbusto que, evidentemente, resulta ser la presencia de un
gato de la calle —contestó mi abuelo, aun de espaldas, envuelto en el humo gris
del cigarrillo.
—Veinticinco años y una partida de
ajedrez… —continuó la extraña figura del traje; aparentemente, a mi humilde
parecer, regocijándose en sus extrañas entrañas, o quizás, señor, rememorando
la nostalgia de tantos años sin verse, ya sabe, señor, como dos viejos amigos.
—Muerte… —dijo mi abuelo en un tono de
pedir limosna.
—Soy el Muerto —concluyó.
¿Necesita ayuda, señor? Se lo explicaré:
la extraña figura del traje resulta ser el Muerto. Sí. ¿Usted tampoco lo
conoció? Al principio de conocernos, no me respondió. Pues, francamente, de
nosotros se olvidó. Tendría sus preferencias (no sé si por suerte o por
desgracia). Ocurrencias mías, señor. Es sencillo. Dicho esto, se confirma que
mi abuelo utilizó la victoria del ajedrez para prorrogar su vida veinticinco
años. Le veo con mejor rostro, señor. Continuemos.
—Sí. Lamento decepcionarte después de
larga espera. Respeto y comprendo la función y el honor de llevar a cabo un
trabajo como el suyo; pero, mi vida es la que está en juego, por lo tanto,
permítame estar en desacuerdo en algunos términos. Seré breve: estoy en el
mejor momento de mi vida, compartiéndolo con la mujer que amo en una diaria
luna de miel, y no he disfrutado lo suficiente de mi nieto. Francamente,
Muerto, si estuvieras vivo, entenderías la razón por la cual le suplico para
pretender una nueva prórroga —dijo mi abuelo con gran énfasis y autoridad, como
con el discurso estudiado de antemano.
—Yo no concedo prórrogas. Hace
veinticinco años cumplí con mi palabra —confesó el Muerto.
—Habla con el de arriba —balbuceó mi
abuelo; esta vez, sin cigarro y frente a frente con el Muerto, separados por
unos pocos metros.
—Yo trabajo para él. No lo conozco
—insistió el Muerto, poseído en el intento de mantener la compostura y no terminar
a las carcajadas.
¿Le resulta interesante, señor? Gran
disputa. Si se pierde, solo tiene que decírmelo (es mi trabajo). Es importante
y absolutamente necesario que capte todo el sentido y acapare toda la
información. Sin presiones, señor (mantendré su velocidad). En dicho momento,
mi abuelo deseaba otra prórroga y el Muerto no parecía estar por la labor. Es
entendible (por ambos lados, claro). Recuerda, señor, que nosotros no tuvimos
oportunidad. ¿Usted necesitaba una? La vida, señor… Así era. Mi abuelo vivía
felizmente con su mujer (mi abuela), y yo con pocos años de vida. Dos buenas
razones. ¿Qué me dice? Lo suponía, señor. Usted y su silencio…
—Juguemos al ajedrez —dispuso mi abuelo,
sin opciones y al borde del colapso.
—Ahora trabajo en un manicomio y en las
noches leo poesía. No queda tiempo para el ajedrez —respondió el Muerto con una
envidiable serenidad; al terminar, con paso firme, comenzó un paseo alrededor
de la habitación.
—¡Se lo suplico! —replicó, arrodillado
en el suelo, mi abuelo.
—Los
muertos no emiten señales de ninguna suerte. Mala suerte y paciencia, puesto
que la vida es un lapso de aprendizaje musical del silencio. Ya que
dispongo del honor de compadecerme por un muerto como usted, permíteme unas
pocas palabras a su favor. Aviso que tras concluir este alegato no habrá vuelta
atrás ni reproches de ningún modo. Acepte como un muerto lo que no pudo mantener
como un hombre. Solamente escuche y asiente con la cabeza. Necesito pleno
silencio —el Muerto finalizó el paseo y se sentó en el sillón más cercano a la
ventana—. Conforme a su petición, obtendrá una nueva prórroga con especiales
condiciones (por ser usted y solo para usted). El amor… Soñaba el alma de piedra que el amor era un cuchillo que se iba a
afilando en ella. Vendré a buscarle tres días después de la muerte de su
mujer. ¿Agradecido? Debería… Gracias a mí, seguirá enamorado hasta el último de
sus días. Un corazón solitario no es un
corazón. ¿No era eso lo que deseaba usted? Ahora bien, la eternidad me
consume, necesito un cambio de aires. ¿Está preparado? No importa si lo está o si
deja de estarlo. Le cederé mi puesto antes de la subida de su alma. Centrarme
en el trabajo y en las noches tener tiempo para leer poesía… Lo más inteligente
que uno puede hacer es irse a una playa. El traje es de talla única, pero le
quedará perfecto. No se preocupe. Por último (y no menos importante), respecto
a su nieto… No tenga miedo; podrá disfrutar y verlo crecer hasta que su mujer
se mantenga con vida. Es lo segundo que deseaba y lo segundo que se hace
realidad (qué menos que un poco de entusiasmo por su parte). Cumplo con lo que
usted me pide. No osará (y recuerde que no le es permitido) ponerse en
desacuerdo conmigo. A partir de ese momento, si usted recapacita, llegará a la
conclusión de que el Muerto le ha dado más que la propia vida. Espere y escuche
con atención: tres días después de su muerte (y seis días después de la muerte
de su mujer), su nieto será trasladado a un mundo que no es ni cielo ni
infierno; está más allá, mucho más allá, y nadie gobierna en él (un vacío
adentro del vacío más baldío que usted puede imaginar). Le será otorgado el
trabajo de pregonar la paz y ofrecer organización y apoyo a las almas
descarriadas que habitan en dicho mundo. Usted podrá ir a visitarle cuando
desee. Le recuerdo que, llegado el momento, dispondrá de todos mis actuales
poderes. A decir verdad (y el Muerto nunca miente), gracias a usted, su nieto
será eterno —concluyó el Muerto y desapareció.
¿Fin de la historia, señor? ¿No querrá
usted librarse de mí? Sin mí, duraría muy poco antes de convertirse (por
ejemplo) en el desconocido de los escalones. Por suerte sigue despierto, pero
lamento decepcionarle. Al menos ya es un mero conocedor de la razón por la cual
estoy frente a usted. Unos se lo merecen y otros no tienen remedio en lo que
respecta a la suerte. Resulta que, gracias a un nuevo parpadeo, desperté en el
salón de mi casa. Mi abuelo permanecía en la barra de la cocina, cabizbajo (de
capa caída), en silencio, y con un solo codo apoyado en el frío mármol. Supuse
encontrar en él algún signo de tristeza y severos y visibles ápices de
arrepentimiento. El amor…, señor. ¿Cuándo me hablará usted de sus amores pasados?
Ayuda a crear confianzas. Después de todo, recuerde que es más ciego un
enamorado que se presta a la ceguera que un ciego de nacimiento sin amor. ¿Quién
sabe si yo hubiera hecho lo mismo (o usted), señor? Desprenderse de algo a
cambio de una pizca de amor se volvió rutina entre los vivos. Vivir la vida a
costa de la vida de los demás. ¿Quién no lo haría? Espero que interprete
correctamente el sentido de mis palabras, señor. Mi abuelo tuvo tiempo. ¿Evitable?
Sí. No me preparó para ello; decían que el entendimiento disminuye el miedo.
¿Qué miedo? Quizás se olvidó; el amor es tan impermeable como burbuja que
olvida a los que no están en ella encerrados. Mientras tanto, por mi parte, más
que preparado, antes de que mi abuelo dijera algo sin fuerzas o no demasiado
real (palabras, quizás, como intento para reconfortar la culpa de una herida
abierta), le dije:
—Abuelo, mi muerte no ha sido en vano.
¿Qué hacer, señor? Para mí ya era
demasiado tarde. ¿Miedo a la muerte? Nunca lo tuve. Llegados a este punto, espero
que tenga la máxima certeza respecto a que este mundo es el mayor de los
castigos. De algo fuimos culpables, señor. Indudablemente, estamos estancados. Al
menos tengo trabajo y puedo distraerme. Aquí no hacemos alarde, señor. Lo
hecho, hecho está. Sin ningún rencor sobre mi abuelo, por supuesto. No piense
usted que… No me haga caso, señor. Usted sabrá que contar un recuerdo es contar
la experiencia de la última vez que lo recordaste.
06/2025
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