LA COSTRA DEL RECUERDO

LA COSTRA DEL RECUERDO

 

«¿Quién es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué habla?».

Job 38:2 

 

I.

 

—Pensaba que habías terminado de presentarme a toda tu familia —propuso Celia, abstraída, con una mirada y unos gestos inmóviles y desconcertantes, con ambos codos apoyados sobre la mesa de cristal, y las manos y los brazos como columnas para el peso de la cabeza, sopesando la curiosidad hacia la figura femenina que, en las afueras de la casa, se encontraba sentada sobre un tronco, a media sombra de la tarde, apenas camuflada por el resguardo de la aglomeración de hojas y estrellas amarillas de un limonero.

—Por supuesto que lo he hecho —contestó Jesús; después, tan fugaz como un parpadeo, miró hacia el huerto durante un instante y volvió a Celia y al vaso de cerveza—. ¿Sabes el mal trago que he pasado? No aguanto las miradas de mi familia —El sorbo dejó retales de espuma sobre el bigote de tres días sin afeitar.    

—¿Estás seguro? —inquirió Celia, segura de sí misma, con un tono áspero, pero, al mismo tiempo, conciso; en un abrir y cerrar de ojos, su mano agarró la flácida piel de los mofletes de Jesús y dirigió todas sus atenciones hacia el huerto y el enigma de la figura—. La niña. ¿Quién es? Se hace visible cuando el viento mueve las hojas de los limoneros. Estoy segura —Sostuvo toda la fuerza en uno de sus brazos y con el otro señaló—. Y está apoyada en el tronco de uno de ellos. Parece una niña… No… Es una mujer; ahora lo es. Tiene un libro abierto en la mano. Los perros no se acercan a ella. ¿Por qué?  

—Ah, sí, es mi prima —contestó Jesús, sin fuerzas para hilar el sentido de las palabras, amarrado a unas invisibles cadenas, vencido, antes de liberarse, tomar otro sorbo de cerveza y expulsar el típico suspiro resignado que recuerda a los descubiertos.

Los vencejos eran libres en el cielo, mientras esperaban ser pintados en un lienzo sobre la caída del sol, cuya alarma era emitida por el característico chillido —o grito o silbido— breve, repetitivo y embriagador; posicionándose en enjambres tan eternos como lo que dura el vuelo de cada uno de ellos. Los gorriones replicaban el salto de trampolín —nunca sabremos si de alegría o de tristeza— tanto en la tierra como en el cielo, y robaban las semillas vírgenes del suelo limoso. El principio del atardecer estaba acompañado de un amarillo olvidado, resplandeciente, con apenas fuerza para mantener el color real y natural de las cosas.  

El bullicio de la familia apenas era capaz de molestar la intimidad que la pareja había conseguido en la mesa más próxima a la reja que separaba la vida normal de la casa y la vida galáctica, libre y en constante crecimiento y movimiento de un huerto de limoneros. 

Una lejana voz, un débil murmuro, insuficiente para los tímpanos de Celia y Jesús, proveniente del cambio producido por una ráfaga de viento, a través del lenguaje de las hojas y del polvo, recitó:

 

«¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas?

¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me dieron de mamar?

Ahora descansaría tranquilo, ahora dormiría descansado

con los reyes y consejeros de la tierra que levantan mausoleos,

o con los nobles que amontonan oro, que acumulan plata en sus palacios.

Como aborto enterrado, no existiría, igual que criatura que no llega a ver la luz.

Allí acaba el ajetreo de los malvados, allí reposan los que están desfallecidos.

Con ellos descansan los prisioneros, sin oír la voz del capataz;

se confunden pequeños y grandes y el esclavo se libra de su amo.

 

¿Por qué se da luz a un desgraciado y vida a los que viven amargados,

que ansían la muerte que no llega y la buscan más escondida que un tesoro,

que gozarían al contemplar el túmulo, se alegrarían al encontrar la tumba;

al hombre que no encuentra el camino porque Dios le cerró la salida?

 

Por alimentos tengo mis sollozos, los gemidos se me escapan como agua.

Me sucede lo que más me temía, lo que más me aterraba me acontece.

Carezco de paz y sosiego, intranquilo por temor a un sobresalto».

Job 3:11-26

 

 

 

II.

 

En el silencio de una casa vacía, una casa muda, excepto por el grito de los vencejos al despertarse del sueño en una caída imprevista —semejante a cuando nosotros mismos soñamos que caemos al abismo y despertamos; solo que en los vencejos el abismo es un sueño real en la vida—, ocupada por el peso de un cuerpo desaparecido y abstraído en un mundo literario, una figura apareció en la sombra del pasillo. 

—¿Hay alguien vivo aquí? —preguntó el silencio. 

El viejo muelle de una cama crujió e irrumpió desde una de las habitaciones y el eco se expandió con la blancura de la espuma del oleaje a través de los granos de arena. La sombra caminó con pasos celestiales, como distanciados del suelo, con ambas manos entrelazadas y cerca del pecho, en posición de rezo, hasta llegar al borde de la habitación. Un velo negro, sin bordado y simple como una despedida, cubría la mayor parte del cabello rizado, cardado, abundante y negro como la misma sombra que llegaba hasta las caderas; el rostro era joven, pero los rasgos parecían estar fuera del tiempo, marcados por una época diferente, milenaria, ancestral, cubierto de una piel pálida; unos ojos ojerosos y adentrados en el abismo, oscuros, una mirada confundida y labios de un rojo con poco que oxigenar. Lo poco que existía del cuerpo era cubierto por un vestido cristiano de falda larga, elegante en apariencia, sin reflejo, las manos por unos guantes negros, y un fino pañuelo alrededor del cuello, también negro.

En la entrada, la puerta se abrió por sí sola, la luz apareció en el pasillo y la sombra asomó media cabeza por el marco, como si tratara de asustar o de sorprender a quien mantenía el silencio, la intimidad y la compostura en el interior. Con aparente timidez, comprobó que Lucía se encontraba acostada en la cama, encima de las sábanas arrugadas y húmedas, con los brazos en alza, en tensión, en línea con el cielo y sopesando el peso de un libro abierto; vestida con un largo pijama azul y nubes blancas, congelada, sin parpadear, con los ojos abiertos como dos lunas de plata —o de gato en la oscuridad—, fijos en la puerta y en la sombra, iluminada débilmente por una débil luz naranja proveniente de una pequeña lámpara situada en la mesita de noche. Un turbio silencio acompañó el primer cruce de miradas.  

—¿Una mujer? —preguntó Lucía, sin expresión alguna, con la mirada aún en la sombra de la puerta, ajena al miedo, como quien espera con impaciencia la llegada de un hijo en la madrugada.

—¿Cómo dices? —preguntó una voz escondida tras el marco de la puerta, dulce, clara y serena, sin soberbia alguna.

—Hoy en día, cualquiera sabe de los delirios y alucinaciones sufridos por las personas que tienen la suerte de padecer esquizofrenia. Hubiera preferido un hombre. Son fáciles de moldear y suelo pasarlo mejor con ellos —respondió Lucía con un tono apacible, inmóvil.

—Yo sé lo que cualquiera no sabe —En un intento de superioridad.

Al finalizar el alegato, la Muerte mostró la sombra de su figura y, semejante a una cerilla quemada que desfila en una procesión, caminó algunos pasos hasta posicionarse enfrente de Lucía, a pocos metros, sin llegar a producir un eclipse completo y vencer la luz de la habitación. 

Porque en la mucha sabiduría hay mucho malestar… —inquirió Lucía, con énfasis, dejando en una de sus manos el libro y gesticulando, dibujando el aire, como acompañamiento a las palabras, con la otra.

Y quien añade ciencia, añade dolor —interrumpió y sentenció la Muerte.

Lucía cerró el libro con un impulso, semejante a cuando decidimos prescindir de la presencia de un insecto en nuestro alrededor, e incorporó su cuerpo hasta posicionarse en el borde de la cama, sentada, con las piernas en el aire. El impulso de un bostezo atacó su cuello y subió la mirada hasta el techo a causa del proceso. Varios segundos después, con la mera presencia de la Muerte como la compañía del sol en una terraza, encontró algo en el laberinto abstracto de gotelé del techo y habló:

—Érase una vez, al finalizar una guerra de tantas pasadas, un periodista ruso con ansias de conocimiento y tiempo libre viajó a la India con el propósito de estudiar las costumbres e investigar la arqueología del país. Su nombre era Nicolás Notovitch. Además del verdadero propósito, tuvo la oportunidad de conversar con varios budistas de la zona y aprender de ellos. Era tanta su curiosidad que, poseído, obvió los inminentes peligros de un viaje tan largo y el Tíbet se convirtió en su próximo destino. Meses después, y tras atravesar el Valle de Cachemira, llegó a la frontera Tibetana y, cerca de una aldea, pudo conversar con un lama en el pequeño monasterio de Moulbeck. Todo cambió cuando escuchó hablar acerca de Issa, es decir, Jesús en Tibetano; destinado a difundir la verdadera religión por el mundo y reconocido como una de las reencarnaciones de Buda. Agónico de esperanza, de monasterio en monasterio, la incertidumbre del periodista alcanzó sus máximos cuando en Hemis tuvo en sus manos un pergamino que relataba algunos de los acontecimientos en la vida del profeta Issa entre sus trece y veintinueve años. Digan lo que digan, la búsqueda de la verdad acabará matándote por el camino, antes o después. Nuestro periodista ruso viajó en busca de conocimiento y, tras encontrar la incógnita de la verdad, su vida cambió. Obsesionado, acorralado por el sufrimiento, negado por la iglesia, humillado y olvidado en su muerte. Jesús de Galilea viajó con el objetivo de perfeccionarse y buscar el origen de la verdad; y lo encontró. Llegó, pero, en el regreso, se convirtió en el primer Zarathustra de la historia y acabó apedreado y crucificado —Las palabras descansaron varios segundos en un bostezo—. Nunca seremos capaces de soportar el peso de la verdad. El mundo no está preparado para concebir la idea de una Verdad Absoluta, ni siquiera soportar tal utopía. No podríamos vivir aquí. Seríamos como demiurgos. Imposible. Nuestra debilidad, refugiada en la trinchera, vive basándose en la incomprensión de cada uno. Ahora los cobardes no mueren mil veces, como pensaba Shakespeare; ahora creen en cualquier Dios como única verdad y respuesta a todas las preguntas.   

—Cristo puede remontarse a Krishna —añadió la Muerte—. Nacido de una mujer carnal y de un Dios como padre. 

La oyente quedó sin mucho que decir, traspuesta, digiriendo el artificio. Aun en pie, con el aura de un verdugo carente de arma y habilidad, delgada, la Muerte continuó:

—Si alguien camina entre los entresijos de la filosofía cristiana, afirmaría que es un budismo traducido al hebreo: amabilidad, tolerancia, hermandad, amor.

—Solo podemos recomponerlo utilizando la lógica reductiva —Lucía parecía disfrutar, como un erudito en la escucha de su propia voz; hablaba y reducía a mínimos el paso del tiempo y lo acompañada de brazos que gesticulaban con delirios de gratitud—. Es fácil. Al nacer, pudo ser elegido por los sabios helénicos como héroe iniciático y así dotar a la religión judía de una posición importante en la historia. En aquella época, se sabe que las calles estaban repletas de predicadores ambulantes, y, desde muy pequeño, nuestro héroe pudo ser uno de ellos. Si seguimos adelante, a la edad de cuando un israelita debe tomar esposa, persuadido, decidió abandonar su tierra, uniéndose a varios comerciantes, en busca del origen de los misterios dionisiacos. La historia es fácil de moldear: el viaje le condujo a la India y al Tíbet. 

Sed lámparas para vosotros mismos —reveló la Muerte, aparentemente feliz y sorprendida, con un dedo apuntando al cielo y la mirada en el mismo punto. 

Vosotros sois la luz del mundo —prosiguió Lucía, siguiendo el fino paseo de la Muerte por la habitación.

Trabaja tu propia salvación con diligencia.

Trabajad vuestra propia salvación con temor y temblor.

Los pasos descansaron y el silencio se propagó por toda la habitación.

—¿Te gustaría que fuese cierto? —preguntó Lucía con una voz cuyo vacío recuerda al solitario que no maneja la situación cuando el destino le ofrece una inesperada oportunidad.

—A mí nada puede gustarme, Lucía.

Sin aceptar la verdad, compadecida, estiró su cuerpo hasta llegar a la mesita de noche y alcanzar la rama de olivo, junto a un teléfono fijo, que descansaba sobre un mechero completamente negro. Encendió el fuego y abrió sus pulmones para proporcionarles una lenta y extensa bocanada.

—¿Y el olor que esparce por la habitación? —La dentadura amarillenta se disipó como hoguera ahogada de humo blanco tras la quema del carbón; ofreció la rama a su acompañante, abstraída en una de las esquinas, que miraba el paisaje de limoneros ofrecido por el cristal de la ventana y, como respuesta, negó con la cabeza y no respondió—. Francamente, matar o morir es un pretexto del aburrimiento.

Resignada, no sin antes patalear para introducir los pies y las piernas en el calor, se acostó en la cama, envuelta por el abrazo de la sábana, y quedó cubierta hasta el mentón, con ambos puños como murallas.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte? —preguntó Lucía, expuesta, cómoda, produciendo la imagen de una niña que espera el cuento antes de cerrar los ojos y dormir.

—No depende de ninguna de nosotras —respondió la Muerte, girada hacia la voz y el cuerpo en dirección hacia el paisaje.

Como una ráfaga de viento que no tiene a nada ni nadie alrededor, la Muerte caminó hasta la puerta de la habitación y desapareció con la proeza de quien no quiere saber nada y desprenderse lo más rápido posible de la situación.

«Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo; porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero, ¡ay del solo!, que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante» —sentenció Lucía, con una apagada sonrisa, aceptándolo, y despidiéndose con una de sus manos.  

«El Señor Dios vuestro os suscitará un profeta de entre vuestros hermanos, como a mí, a Él debéis de escuchar en todas cuantas cosas os hablase, y toda persona que no escuche a tal profeta será exterminada del pueblo», pensó la Muerte para su baldío adentro.    

 

 

 

III.

 

—Es un tema que suele producir incertidumbre. Mi familia es bastante reservada con el pasado. De una manera u otra, intentamos mantener un margen y un imposible olvido —Tomó su tiempo y rascó su cabello como quien, desesperadamente, piensa las justas palabras o, por ende, siente una gran incomodidad—. Vive en la antigua casa donde mi abuelo nació y creció, a menos de un kilómetro, donde acaban las eternas líneas de limoneros. Odia las aglomeraciones. ¿Quién sabe? Puede que incluso nos odie a todos. Ella dice que es bastante solitaria; lo necesita —relató Jesús, lenta pero angustiosamente.

Celia mantuvo la inmovilidad y el silencio; pero, al mismo tiempo, vigilaba de reojo los movimientos de la figura que revelaba una identidad conmocionada por el misterio. Cuando el pensamiento enmudeció, mantuvo la mirada en su pareja y preguntó:

—Estoy bastante confundida. ¿Y sus padres?

—No he tenido el placer de presentártelos. Mi tía está con otro hombre, lejos de aquí, y al padre no lo consideramos de la familia —respondió Jesús, dejando para el final una sonrisa que pretendía calmar el ambiente. 

—Yo no siento que esté enferma —sentenció, con una voz dulce, clara y serena.

Él, al borde del colapso, avergonzado, fiel y confiado en la improvisación al momento con el fin de no cometer más errores; y ella, abstraída, adivinando la vida de otra persona y acongojada por el dolor que transmitía el huerto de limoneros. Un sorbo de cerveza reanimó la conversación.

—No es momento para tus poderes, Celia —Sin mirarla.

—¿Cuál es el nombre de ella? —Mirándolo fijamente.

—Se llama Lucía y está enferma. Perdóname —Después de tomar silencio y tragar saliva, mostró atención y posó sus manos frías sobre las de ella en un débil e insuficiente intento de compasión; con humildad, las retiró—. No encontré el momento.

La caída de una hoja despertó la alarma de un gorrión que acabó acogido por el abismo de uno de los limoneros. El silencio se confundió y la calma del atardecer permitió escuchar, a la distancia y como un eco, la secuencia de cómo una página daba paso a la siguiente. 

 

 

 

IV.

 

«Aquí tiene la muerte».

¿Miedo? Aquí nada existe; es el último paso el último.

Ya nada puede ser cambiado, pretextos en vano;

morirás como eres, morirás como morirás, como has de morir.

 

«¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?».

 

Observa como la ceniza se deja llevar y desaparece en el aire,

como las flores callan cuando son arrancadas del tallo, del cuerpo;

ahora eres una más, una de ellas, eres insignificante;

eres el océano que no es nada sin el timón del cielo que lo rodea,

la huella blanca de la espuma, la arena sin agua y pisoteada;

y te convertirás en la onda de la piedra que acaba de ser arrojada al fondo invisible,

en todos y cada uno de los que ya fueron, formarás parte del recuerdo, hasta que

tu recuerdo no tenga más recuerdo.

 

Estoy aquí, he venido, escúchame, no hay salida, el amor no salva, la soledad

tampoco, dormir solo sirve para descansar:

lo que fueron vicios primero fueron placeres;

todo veneno depende de su dosis;

cada adicción depende de su repetición;

el pasado llora, añora y envidia al presente;

la verdad del sueño está en la vigilia de la muerte;

la vida no tiene olvido, solo recorrido y final.

 

«Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido».

 

 

 

V.

 

El lenguaje de las palmeras y el coro de unos madrugadores vencejos anunciaron un amanecer sumiso y dirigido por la espiral prolongada en la invisible e impredecible fuerza de la naturaleza; las siete de la mañana de un otoño cualquiera; un cielo de cuatro colores; luces de soledades sobre una mujer que camina en las calles y no produce las huellas de sus pasos; un latido constante que se deshace en el recuento del eco sobre el asfalto; imaginaciones de vidas a través de persianas bajadas y ventanas abiertas en la oscuridad; desconocidos resignados en el primer suspiro de la mañana sobre una cama deshecha; la luna que empieza su última escena del día; perros guardianes que ladran hacia el muro de piedra; una golondrina o un avión en pleno vuelo; y la resaca de un nuevo intento.

Desde los dos pequeños escalones de la entrada, con las manos vestidas de algodón, la mirada cabizbaja, a poca distancia y a través de una puerta acristalada, Lucía pudo divisar a dos ancianos con boina, sentados en la barra, que hacían desaparecer sus rostros en el vapor del café y varios camareros con traje negro y corbata. Un corto y ancho pasillo, con inicio en los escalones y final en la puerta, era el encargado de separar la amplia terraza en dos zonas, aparentemente gemelas o mellizas —debido a la básica coincidencia en el número y posición de las mesas y sillas—. Como de costumbre, en piloto automático, dirigió su cuerpo hacia una de las mesas de la terraza derecha —esquina del fondo a la izquierda—, y esperó con serenidad el café y la tostada. En el primer instante típico de aburrimiento, uno de sus párpados, inconsciente como cisne en la danza, tembló cuando se percató de una figura que, sentada en la terraza contraria, en diagonal, de un cabello negro rizado, cubierta con un largo negro vestido, parecía tomar café a espaldas de la vida.

La reiterada inquietud, las voces a ambos lados de la cabeza, un corazón en la mano, inseguridad por doquier, contracciones involuntarias y repetitivas en piernas y manos, y un pecho a una gota del desbordamiento colmado de juicios, escenarios, imaginaciones y suposiciones, fueron carne de Lucía durante varios minutos, reproducidos hasta que la obra de teatro finalizó cuando la sombra de un camarero se interpuso entre ella y la figura. La calma hizo pie en el suelo cuando las crepitaciones de un pan recién horneado y los laberintos de la parda espuma del humeante café captaron la mayor atención y alcanzaron el primer puesto. 

El breve estruendo de unos tacones dio paso a una voz:

—Disculpa…

La palabra pasó de largo, apenas conducida por el viento.

Lucía mantuvo la compostura y la mandíbula en un movimiento constante, ensimismada, como cuando los oídos sostienen barreras imaginarias, con la exigida paciencia de quien espera un momento de silencio, ajena en sus afirmaciones y negaciones. La voz insistía; pero, en realidad, el temor era quien mantenía a Lucía en una burbuja, semejante a la presa que mira al cielo en soledad, con el fin de transmitir una confianza que prenda en el cazador una oportunidad de dar un paso en falso. Aun así, una pequeña y negra sombra aparecía por el rabillo del ojo en reiteradas ocasiones. Vencida, y con la ajena voz en sintonía con sus tímpanos, la voluntad decidió atender el asedio de palabras y, en el rostro de Lucía, guardada en el interior, apareció una tierna sonrisa.

—¿Te importa que fume? —insistió una voz dulce, clara y serena.

—Con timidez se pierden las guerras —contestó Lucía, felizmente, manteniendo la sonrisa y una mirada en el techo.

Las hojas seguían paseándose por el suelo sin dejar rastro y un par de gorriones aparecieron —de salto en salto— en busca de algún resto de comida, en el preciso instante que, en el aire, un frente de humo blanco dibujaba ondas que sobrevivían menos de cinco segundos. Una de las sillas, situada en la esquina izquierda de Lucía, en paralelo, con una mesa de separación, suspiró al soportar el peso de un cuerpo.

—¿Por qué sonríes? —preguntó la Muerte, asentándose en los reposabrazos, como si disfrutara de la falaz casualidad del encuentro. 

—¿No has observado a un solitario mientras come? Cuando, a la intemperie, envuelto de silencio y rodeado de ajenas compañías, un solitario se dispone a realizar cualquier acción, observarás que nunca sonríe. Nadie se impone y honra la innumerable soledad del ser. Son filósofos, observadores, minuciosos; se jactan de actuar y gozan de preservar una de las maravillas del mundo real. Prefieren que sea solo para ellos; mejor bajo llave. Claro que no merece la pena compartirlo. Indudablemente, la soledad al aire libre implica seriedad, serenidad, silencio exterior e introspección. Sin embargo, cuando nadie les rodea o se encierran en una habitación, toda acción es capaz de convertirse en una película donde la imaginación es la única protagonista. Ojalá, de algún modo, o pidiéndote consejo, poder llegar a escuchar los pensamientos de los solitarios —contestó Lucía, manteniendo la sonrisa, hablando con la nada de enfrente. 

—Por lo que veo, te desplazas lo suficiente como para tener la seguridad de no encontrar algún familiar o supuesto conocido.

Un nuevo silencio llevó los ojos de la Muerte hacia el techo, la terraza, la calle de su izquierda, la lucha empedernida de las palmeras contra las insistentes rachas, y finalizar en un cielo sin nubes, color malva y carmesí. En el punto inicial, posó ambos codos sobre la mesa, inclinándose hacia delante, encendió un cigarro y continuó:

—Un bar de los de antes, poco concurrido en las horas del crepúsculo —Asentía con la cabeza en cada cambio de mirada—, clientes habituales y camareros trajeados. Por no hablar de tu manía persecutoria… —Observó a Lucía con desdén—. El latido de tu corazón llegaba hasta aquí.

—Nada es real cuando se habla de la muerte, y menos cara a cara contigo —murmuró Lucía, cabizbaja y ajena, en voz muy baja. 

—¿Cómo dices?

—¿Qué haces aquí? —preguntó Lucía con resignación, con el ceño fruncido, como si se hubiera percatado en ese momento de la presencia.

—He recibido un llamado, por lo tanto, fumo y espero su llegada —contestó mientras sujetaba el cigarro como una mujer de valor, sensualmente, con los dedos índice y medio en tensión, cerca de los labios.

Con el estómago lleno, Lucía comenzó a sentir una incomodidad bastante familiar en sus entrañas. Observó y comprobó la presencia de la Muerte en varias y repetidas ocasiones, ensimismada, en semejanza a la acción de un desesperado que desconfía de la probada ausencia de alguien y necesita la calma del rabillo del ojo cada par de segundos; a la izquierda, inmóvil, su acompañante mantenía una vaga e irónica sonrisa.

Como posible consecuencia de un inspirado tema de conversación o revelación, como cuando aparece una bombilla iluminada en medio del abismo de la plena oscuridad, con un cigarro en la boca a punto de ser prendido, y sin mirar a nadie, Lucía comenzó: 

—¿Los recuerdos forman parte de tu ser?

—Me sorprende la ignorancia de tu pregunta, Lucía —Como si la respuesta estuviera en el filo de los labios—. Deberías saber que incluso la naturaleza trae y tiene recuerdos: una ola recuerda a su anterior; los girasoles recuerdan al sol cuando las nubes lo ocultan; las hojas recuerdan al árbol del cual fueron desprendidas; todo lo que no se halle en el aire y la luz tiene recuerdos. Quienquiera que no se halle en su féretro y en la sombría fosa: que sepa que posee bastante —recitó lentamente, palpando el verso y aparentemente feliz, con la mirada al techo y las manos expandidas—. En los míos solo encuentro voces procedentes de libros muertos y arrepentimientos y temores de personas que ya no recuerdo, pero son parte de mi trabajo. En cambio, los vuestros forman parte de la estructura emocional; del mal estado, algunos no tenéis la culpa. Yo creo que se encuentran en el punto más alto de la memoria, solapados, siempre con las puertas abiertas, con pancartas de bienvenida que alzan a cada paso del presente, mientras conviven en plena libertad y confianza. Sin preguntar a nadie, surgen y se desvanecen, alternándose con pensamientos, miedos y escenarios futuros. Esto ya depende de cada uno de vosotros; pero pueden llegar a ser jueces, puntos de partida, nostalgias, alegrías, tristezas, incluso un medio para traer de vuelta rostros de personas fallecidas, o cambiar la perspectiva de personas pasadas que los sentimientos pretendían agrandar —De nuevo, recitó un verso con gozo—. Porque, después de todo, ¿qué es el presente sino un retoño del pasado?. Algunos llegáis a ser arquitectos y prisioneros de vuestros propios recuerdos. No, Lucía, no sois nada sin ellos. Escúchame, tan solo piensa en las personas que olvidan su vida antes de morir; muertos antes de conocerme —Deseaba descansar y fumar, pero la revelación de un nuevo verso surgió en ella—. Le hace llorar la música que nada le recuerda. 

Un esperado silencio y un gran suspiro arremetieron contra el pecho de la Muerte, semejante a cuando la madre se resigna a descansar en una silla, mientras su hija, a pocos metros, recapacita, exagerando la respiración en cuerpo y alma.

El cielo cambiaba de color y anchura; por un lado, los cadáveres cilíndricos se acumulaban y, por el otro, las migas de pan conducidas por el viento eran deseadas por numerosos tímidos gorriones.

Minutos después, con desgana, la Muerte apagó un cigarro en el cristal templado del cenicero de su mesa, apartó varios cabellos rizados de su rostro y, conmocionada, continuó:

—El arrepentimiento es una invención del ser humano. Apegados a él, es rutina pensar en lo que pudo ser y no fue, o en lo que fue y no debía ser. ¿Es justo y necesario? Cuando el tiempo tan solo envejece y la vejez toma como destino una debilidad exterior; cuando el envejecimiento interior es el único que puede ser combatido con el tiempo; pero vosotros ya no sabéis de eso… —Como quien mira a un animal desvalido y abandonado en la carretera, miró a Lucía varios segundos, de arriba hacia abajo, y volvió al frente—. Lo sé, Lucía, puedo ver el pasado y el recuerdo que corrompe tu presente y futuro. Por desgracia, la vida no es más que un libro escrito, el sueño de un Dios. ¿Lo recuerdas? —Regaló la sonrisa que precede a la aparición de un verso en la memoria—. «Solo una cosa no hay. Es el olvido». El olvido no existe en la vida. Y otros recuerdan vidas pasadas. Quizás, el alma sea una memoria infinita e imposible de decodificar. Entonces, Lucía, me necesitas más de lo que imaginas. 

«¡Pensáis que un discurso zanja una cuestión y que solo es viento lo que dice un desesperado!» —contestó Lucía, inmediatamente, a la espera y con las palabras elegidas de antemano—. Si estuvieras viva, entenderías que los recuerdos son ataduras, como cadenas del alma. Hay veces donde es necesario olvidar y renacer al mismo tiempo, ser el único pasajero y dar a luz a nuestro contrario, convirtiéndonos en lo que nunca hemos sido. Si queremos, somos capaces de lo necesario. Lo imposible solo es lo inimaginable, ¿cierto? —Resignada y negando con la cabeza, tomó su tiempo y encendió un cigarro y continuó—. Es indignante, algunos piensan que la vida es una tierra donde se debe cosechar con vistas a un cielo sin garantías; cosechan en vano y en vano endeudan lo poco de vida que conservan. Me compadezco a todos ellos; para mí, la eternidad es una utopía bastante aburrida.

Encogida, como si la silla tratara de succionarla y ella se dejara llevar como el agua en el río, Lucía terminó su cigarro en silencio. Finalmente, logró erguirse con aspavientos y, con las palmas de ambas manos, desde la frente, confundió su cabello y recorrió la parte de atrás de su cabeza.

—Necesito la obtención de una locura más pura. Una capaz de acercarme a la verdad y a la sanación para alargar el tiempo. No soy capaz de despedirme de los amaneceres que pintan las hojas del limonero de un color que mezcla el morado, el amarillo y el naranja —Los dedos libres del cigarro palpaban el frío de la mesa y una mirada cabizbaja los olvidaba—. Los malos recuerdos son puertas que uno tiene que cerrar y dejar atrás sin volver la vista en ningún momento. La mente no puede tener tiempo para eso. 

El cadáver de un cigarro fue arrojado con tal indiferencia que, tras atravesar una racha de viento, provocó un eco tan débil solo perceptible por los pájaros de la zona. La Muerte, en silencio y con un rostro sin expresión, logró mantener una serena impasibilidad. Al instante de tocar el suelo, sin decir nada ni mirar a nadie, arrepentida y adherida a la sensación de malestar que provoca realizar un acto que ataca nuestra conciencia y compartirlo con la presencia de un extraño capaz de juzgar en silencio, Lucía levantó su cuerpo de la silla que le apresaba y recogió la colilla, barrió los restos de ceniza con la suela de su zapato y, cabizbaja, volvió a su sitio por el mismo camino.

Con la esperanza de un poeta a la espera del poema que haga olvidar un amor desdichado, sus ojos comenzaron a cristalizarse sin llegar a romperse.

—¡Sí! ¡Quiero ser feliz! ¡Parece estúpido, pero es lo único que necesito! —Presionada contra la acuosa nariz y ojos, la manga del abrigo verde de Lucía cambió a un color negro oscuro—. ¡Cree que se te ha dado y se te dará! ¡Todo lo que puede ser tiende a ser!

»Solo que el mundo no está preparado para la locura —prosiguió con algo más de calma y detenimiento—. Y los locos no lo están para el mundo. ¿Quién dice estar cuerdo? ¿Quién se atreve a lo contrario? Locura tan solo es un concepto, una visión y un conocimiento que superan nuestro entendimiento y nuestra lógica. ¿Quién dice que la cordura sea necesaria? El mundo ha ido evolucionando gracias a decisiones que las gentes ajenas consideraban fuera de lugar. He ahí el concepto. Por ende, el estudio de la locura es incorrecto: pretenden erradicarla, nunca entenderla; proclaman una salvación e internan y asesinan. En otros tiempos, la diferencia de ideas era venerada; ahora es inconveniente y problemática. Existe un miedo generalizado hacia lo desconocido, hacia lo incomprensible, hacia lo que no es semejante y demuestra más lucidez, y, como consecuencia, los portadores son marcados, al igual que Caín, encerrados y apartados de la sociedad, donde parece que todo lo que sale de ella es lícito renegarlo —una lágrima llegó y desapareció en el labio superior—. La única fe es la esperanza de cada uno. Yo creo en poder convertirme y vivir en una realidad alejada de lo real.

Lucía miró a su izquierda y solo encontró muerte y vacío.

—El valiente más valiente es la locura de un cobarde —dispuso la Muerte, algo resignada y con un tono autoritario.

—No importa ser lo que se es con tal de sobrevivir.

—¿Por qué siempre hacéis lo opuesto a lo que queréis? —preguntó la Muerte con ironía; tras una breve carcajada y un movimiento de cabello provocado por su mano, encendió otro cigarro.

Desde la entrada, una fuerte racha de viento provocó la llegada de hojas huérfanas que se esparcieron por el pasillo central con libertad. Al instante, un hombre mayor, como una sombra más, con serenidad y parsimonia, gafas negras, negro sombrero y un abrigo de corte largo y negro, subió los escalones y, con dificultad, sentó su vívido cuerpo sobre una de las sillas de la terraza contraria a la conversación.

«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá» —recitó Lucía, rejuvenecida,  mientras caminaba de espaldas, sin perder la vista de la Muerte, hacia los escalones.

En la calle, un enjambre multitudinario de vencejos parecía seguir la estela de sus pasos.

 

 

 

VI.

 

Muda la noche, muda la luna, mudo el silencio, mudo el humo que es liberado en la putrefacción de un cuerpo cilíndrico alejado del fuego. Encendidas las estrellas, hablador el viento que conseguía entrar por el pequeño hueco de la ventana, clara la oscuridad del techo, ajenas las nubes, apagadas las luces de una habitación que contenía un amargo desorden y la sombra de un cuerpo, inmóvil, situado en la ceguera del sueño, sin recuerdos recientes.

Leves ráfagas de viento, con la misma impermanencia que la circular y eterna venida del oleaje, silbaban y empeñaban sus esfuerzos en hacer revivir el ambiente de la lúgubre habitación. El cuerpo se mantenía inconsciente —el alma ausente— sobre la mesa de madera del escritorio, sentado sobre una silla fina y endeble, acostado sobre la humedad, casi congelado, como si, inesperadamente, hubiese caído abstraído en un sueño tan profundo que la vigilia solo podría percibirse como una carencia. 

A pocos metros, a ambos lados, dos libros, olvidados, torturados, con hojas previamente arrancadas del pegamento y desaparecidas. Uno de ellos tenía el título de Esquizofrenia y patologías comórbidas; el otro, ancho y extenso, antiguo, erosionado por el tiempo, no tenía portada ni contraportada. Además del cuerpo y los libros, en la mesa se encontraba, cerca de una de las manos, un cenicero como un cementerio de cadáveres y mutilaciones como cenizas; cristales esparcidos, charcos y dibujos abstractos como las sobras de una botella de whisky que previamente fue arrojada al mismo suelo que, asfaltado de líquido y pequeños cristales, indicaba el camino hacia el abismo; en algunas zonas, repartidas, cerca del rostro, restos de la presencia de un sospechoso polvo blanco, reflejado por la luz de las estrellas, como nebulosas.

En el alrededor, en el espacio que rodeaba el centro, la disposición era clara: ni agua ni comida, una cama desvestida, un caótico desorden y el indiscutible olor a humedad que se adhiere al oxígeno tras varios días de encierro voluntario.

Lucía, como parte del suceso, parecía no verse afectada por las fuerzas invisibles de la naturaleza, reaccionar o querer reaccionar frente a ello. Yacía con el cuerpo a medio desvestir, solamente con una larga, ancha y humedecida camisa que conseguía cubrir las heridas internas hasta la mitad de los muslos, los pies desnudos y las manos secas, agrietadas y magulladas. Centrándonos en el rostro, los párpados temblaban nerviosos, estresados, con un ritmo activo y permanente, como si no pudieran soportar la realidad del sueño producido; el cabello mostraba un color rojizo oscuro, ligeramente carmesí, liberado, apenas rizado, manteniendo la ligereza del liso, esparcido entre la madera y la mitad del rostro y del cuello; cejas casi invisibles, delgadas, recortadas a mano; mejillas encogidas, apenas sin carne; orejas agujereadas, con varias perforaciones en cada una, de punta a punta; labios de un molde divino, gordos, desérticos, con cicatrices y heridas abiertas; y una nariz modelada y pincelada en ambos contornos por un polvo que, sin reflejo de estrellas, quería asemejarse al polvo blanco esparcido en la mesa de madera. Por último, los inútiles brazos de Lucía abrazaban una libreta abierta, rodeándola, sin tocarla, que mostraba dos páginas, donde, en letra pequeña, entre negros garabatos y negros laberintos, se podía leer:

 

No necesito tu perdón. ¿Respondes con una redención? ¿Acaso pretendes utilizar mi sangre como sacrificio por tus pecados y untar con ella la piedra que rodea tu tienda? ¿Buscas arrepentimiento, rodillas ensangrentadas, lágrimas de santo como polvo del etéreo, mientras mi alma y mi tiempo se pudren en la cruz?

En la realidad de ojos cerrados nada es negro en el inicio. Una habitación blanca, con dimensiones infinitas, sin aparente centro, me pertenece, me rodea. Traspaso una cortina, el sol se esconde, aparece un eclipse, alguien enciende la oscuridad y el mundo gira hasta mantenerme acostada. Tengo los ojos abiertos, pero lo que se ve parece descansar. En un momento de sosiego, estrellas aparecen por encima de mí, posan su muerte, su reflejo, a treinta centímetros de mí, giran en procesión como móvil de cuna; pretendo alcanzarlas, traspasar la luz, el brillante del exterior; entonces, alguien echa por encima una sábana negra y todo se apaga de nuevo.

¡Hay vida! Unos tímpanos despiertan y se acercan. Una puerta chirría y varios pasos avanzan al compás. Lo que soy sigue estirado sobre plumas, ajeno, y mi vista mantiene el negro. De repente, en el silencio y en el silencio de mi pensamiento, la vida cesa y un peso se apodera de mí, encima de mí descansa, se acomoda, resbala como una serpiente, intenta abarcarme. No hay respuesta en mí. Sumida en la ignorancia de una niña pequeña, dejándome llevar como sacerdote al pecado, el peso toma importancia y algo aparece. No hay razón alguna, no hay juicio. Un dolor intenso se adhiere en algo que forma parte de mí como cuerpo. Está lejos de mí, cerca del abdomen, puede que más lejos. Lo poco de mí se desespera; mantengo el blanco, pero el peso es negro. Él es feliz, sentirá placer al tocarme y acariciar toda mi superficie: su placer es mi dolor. No puedo respirar, lo que podía ser mi boca está tapada, incapaz de salvación. Las palabras se pierden; en cambio, el peso parece querer expresarse; lamenta, gime, lo intenta. Forma parte de mí y ha entrado en mi interior por una puerta que, por el momento, debía de permanecer cerrada.

Demasiada ignorancia, recuerdos faltos, fatuos, no hay camino, respuestas. No tengo ojos para llorar, fuerza para escapar; esto no es un cuerpo y mi dolor es el peso del placer de otro dichoso cuerpo. Aprendo que hay que vivir para no dormir. 

Un recuerdo juega conmigo al escondite…

 

El susurro provocado por un conjunto de leves ráfagas de viento y la risa de un mirlo con insomnio provocaron un eco en la habitación, puede que, en un vano intento de alterar el espacio y tratar de reanimarlo.

Nadie despertó.

Segundos después, el vacío fue seguido por la llamada de un teléfono fijo situado en la mesita de noche, cerca de la cama.

Concluido el minuto de silencio, la voz del contestador comenzó:

—Buenas noches, Lucía, disculpa las horas, acabo de salir del trabajo y quería hablar contigo. Soy tu padre. Espero que estés en la cama como la buena niña que eres. Si te despierto con mi voz ronca, no hace falta que respondas, duerme y mañana tendrás todo el tiempo del mundo. Quería recordarte que pronto acabará el mes y podrás pasarte a recoger el sobre… O cuando lo necesites, no importa el día. Sé lo ocupada que estás con los estudios y demás, pero algún día podrías quedarte a tomar un café conmigo, incluso una copa, si quieres; incluso a vivir conmigo… Lo sabes, lo sé, te lo he dicho muchas veces. Tienes la planta de arriba amueblada a tu gusto, conmigo no vas ni a cruzarte si no quieres, y seremos compañeros de piso. Bueno, no pretendo molestarte más, ni mucho menos despertar tu sueño, hija mía… Muy buenas noches.

De nuevo, en el silencio y la poca vida que se deshacía más rápido que el humo de un cigarro, los labios de Lucía quisieron responder y murmuraron en voz muy baja.

«El malvado se libra del desastre, se encuentra a salvo el día del castigo. ¿Quién le reprocha su conducta o le hace pagar lo que ha hecho? Muere y lo llevan al cementerio, la gente vela junto a su tumba, ni siquiera le pesa la tierra. Tras él desfila todo el mundo, por delante una turba innumerable. Pues, ¿a qué consolarse con vaciedades? ¡Si tan solo respondéis con engaños!».

 

 

 

VII.

 

—No hablo de mis poderes.

—No creo que haga falta contactar con alguno de sus fallecidos, tampoco curar su mal de ojo —respondió Jesús, disfrazado, con unas palabras dadas a una intención que su expresión bromista, sonrisa y gestos deslumbrantes contradecía, semejante al actor que persigue calmar la autoridad y el desacuerdo que emana el personaje que interpreta.

Pocas palabras llegaron con claridad a los oídos de Celia. Por un momento, quedó abstraída en el envolvente roce de los limoneros, hoja por hoja —semejante al oleaje, con la arbitraria diferencia de la constancia arropada en la eternidad del presente, dirigida por el autoritario ritmo del viento como director.  

—Puedo sentirla acompañada, pero la presencia es tan ilusoria que se me hace invisible a los ojos.

Al finalizar sus palabras, no quiso mirar a nadie; prefirió el color y el azar de unas líneas como decoro de la mesa.

—Parece querer ser algo que no es —concluyó con ojos cansados. 

Como respuesta, fugaces como estrellas, las palabras de Jesús brotaron en el oxígeno como si el alma misma las expulsara.

—Quedó huérfana de padres vivos, abandonada. El padre desapareció y el nuevo novio de su madre la echó de casa. Sabe Dios el porqué, nunca nadie lo supo. Hace algunos años, consiguió convencer a mis abuelos y se mudó a la antigua casa de ellos, la del final de las líneas de limoneros, a poco menos de un kilómetro de esta casa, donde nació mi abuelo. En ese tiempo era frecuente que los domingos viniera a comer con nosotros, pero toda mi familia sentía algo rancio en ella; permanecía muda, aprensiva, ausente, como con la obligación de compartir su tiempo y espacio. Además, a todos nos sorprendió, siendo ella una lectora empedernida, decidió guardar en el sótano la biblioteca que mi abuelo tenía en el salón de esa casa. Toda mi familia aportaba en la causa y ella sobrevivía como podía. Sabíamos muy poco de lo que hacía, pero mi abuela siempre decía que no había que preocuparse por ella porque era una mujer fuerte, solitaria y no necesitaba nada de nadie. Cuando se dignaba a hablar, contaba que estaba estudiando para costurera, y después que trabajaba en un refugio de animales donde no soportaba a sus compañeras y le pagaban muy poco. Entonces —Frenó sus palabras y bebió de su vaso de cerveza—, llegó el día, dejando tras de sí, como mal recuerdo, una mancha negra en la familia. Después todo cambió, no ha vuelto a aparecer por aquí, solo como ahora, escondida en los limoneros. Supongo que la compasión de mis abuelos ayudó en cómo aceptaron que siguiera viviendo en esa casa. La familia estuvo a punto de separarse. Prácticamente, al igual que sus padres, no parece pertenecer a la familia. Está prohibido hablar de ella, nadie la nombra siquiera. Desconozco si ahora trabaja, tampoco creo que me importe mucho. ¿Qué pasa? Allí en los limoneros parece sana y feliz. ¿Qué más hacer por ella?

 

 

 

VIII.

 

Las nubes, cargadas de tristeza, de un color gris olvido, confundidas, tocaban el suelo limoso y caminaban en la tierra con la tranquilidad del cielo y las alturas, creando, bajo el hechizo del sol como pequeño punto difuminado, un paisaje húmedo, triste y de colores monótonos, donde los limoneros, salvaguardados, vestían vestidos de algodón y perdían sus frutos y la presencia conforme el horizonte se alejaba de ellos.

Con la mirada al cielo y los ojos cerrados, una sonrisa agradecida al exterior y los brazos abiertos en cruz, acariciando con ambas manos las hojas verde oscuro y cubiertas por una fina capa de rocío como lágrimas de nubes, Lucía caminaba en línea recta a través de dos líneas de limoneros, dejando tras de sí un camino de huellas y adentrándose cada vez más en el lúgubre bosque creado por la niebla. Los pasos apenas producían sonido y la naturaleza mantenía la calma en un silencio natural y acogedor. Cuando alcanzó un punto donde la niebla concentró sus fuerzas con la máxima invisibilidad, con una visión casi nula y con la mayoría de limoneros desaparecidos, un invisible verdecillo comenzó su canto. Frenéticamente, frenó sus pasos y abrió los ojos para, con mucho énfasis, buscarlo entre las sombras. Guiándose como cualquier alma pura hacia la música, entre el espesor de la niebla, con los brazos preparados para evitar cualquier rama o peligro, llegó a un punto donde una pequeña sombra negra levitaba a muy poca distancia. Encaminó sus pasos, cuidadosos, con una abierta sonrisa que brotó gracias a la ilusión y la paz que producía en ella la libertad de sus cantos y el vuelo. A pocos metros, la sombra se le escapó de las manos y el aleteo del verdecillo provocó un eco que abarcó un amplio rango del huerto de limoneros. En la vuelta de la calma, cuando Lucía seguía inmóvil, sin expresión, seducida por el éxtasis y la fuerza del eco, apareció una voz:

—¿Qué haces aquí? —preguntó el silencio.

Al momento, Lucía reconoció la voz y ello rehizo una sonrisa en su rostro. Incapaz de evitarla, siguió caminando entre la niebla hasta divisar un limonero que, claramente, en la distancia, parecía no verse afectado por nada exterior, firme e iluminado. Conforme recortaba sus pasos, una gran sombra negra surgía a ras de suelo. La Muerte, sentada y apoyada la espalda en el tronco del limonero, miraba al frente con la expresión en el rostro de siempre y de nunca, abstraída, sumida en diversos pensamientos y un profundo silencio, en soledad. Entonces, Lucía, visible, a pocos pasos de ella, en pie, desde arriba, habló:

—Te adelantaste al preguntar.

 Al finalizar sus palabras, tomó asiento en el suelo, en el lado derecho de la Muerte, en la misma posición, con las rodillas encogidas y la cabeza y los brazos sobre ellas, como si descansaran en una tienda de campaña a la espera de un cielo que decida descansar y secar sus lágrimas, salvaguardadas por un techo cubierto por hojas de limoneros, estrellas amarillas y un color blanco impermeable y acogedor.

—Al menos estamos a salvo, hay un furgón que secuestra niñas en las calles.

—Todo es mentira, Lucía —respondió la Muerte, sin oídos, serena, clara, cabizbaja, tras un largo silencio—. Tan dotados estáis para el odio que señaláis a mi persona como la culpable de todo… Cuando yo solo cumplo órdenes. ¿De quién? No lo sé, yo no lo conozco. Puede que no haya nadie, o que nadie sea el verdadero y trabaje para nadie, en vano, o que trabaje para la vida misma. Unos esperan mi llegada con simpatía y brazos abiertos, otros solo toman llanto y arrepentimiento, otros piden limosna, y otros no son capaces de esperarme y mueren antes de tiempo; pero todos sienten, todos piensan que yo tomo la última decisión, que disfruto con mi trabajo, cuando todo viene de lejos o incluso del mismo destino. La vida no es lo único que tenéis. ¿No os dais cuenta?

Lucía, aparentemente nerviosa, observó varios puntos del techo, estirando y girando su cuello, como vigilando la llegada de alguien, y contestó:

—Tú eres la que no es, pero yo soy la que es. 

 La Muerte negó con la cabeza en varias ocasiones, aparentemente resignada, y sacó un cigarro negro de la pitillera negra que encontró en uno de los bolsillos del abrigo negro.

—Recordé algo recientemente —Sin mucho reparo, Lucía continuó—. Hay más restaurantes que librerías. La literatura ya es solo un prostíbulo para los más necesitados de escucha. Nacemos de una mujer, crecemos y perdemos individualismo con el correr del tiempo. Sin mucha conciencia, en la infancia, abrazamos a un Dios, el mismo que nos bautiza sin preguntar, sin reproche, al Dios que nuestros padres y los padres de nuestros padres y alguna que otra generación más siguió, al Dios que reina en el gobierno y en la ciudad, al Dios maquillado de los libros de texto, es decir, nadie emite juicio alguno porque a los mayores siempre debe uno darles la razón. Antes de morir, no te queda individualismo, estás vacío y, en consecuencia, morir, lo único corroborado como verdadero, es miedo porque es todo lo contrario al supuesto Dios que te dio la vida. Aparte, despiertas y no existe el silencio que no logras recordar del sueño anterior. Tu cabeza habla desde el primer momento. Raras veces las palabras se disfrazan en una sonrisa. Intentas no mantener una rutina mientras es la rutina la que te mantiene. Sueñas, esperas, caminas mientras ofreces esperanzas a un reflejo en el espejo que es la mentira de cada uno. Aunque nos cueste reconocerlo, no queremos depender de nadie. Uno es fuerte y el otro es débil. El corazón así lo quiere y el amor nunca encontrará su alma gemela. Por Dios…, y por ti también, la llave que buscamos no cuelga de nuestro llavero y no nos damos cuenta. Todo ha pasado para que esto pase, y todo comienza de nuevo, de cero. Sentí como si hubiera despertado de un sueño de otro tipo de vida. Cuando lo hice lloré y lloré. 

—¿Sabes lo que quiero hacer? —La Muerte encendió un cigarro negro—. Dejemos de lado las desdichas de cada una, niña de mierda. ¿Lo ves? —Ambas coincidieron en miradas y sonrisas—. Quiero insultar y ser insultada. ¿Lo entiendes? Tengamos una conversación cotidiana, seamos personas normales o personas que pretenden serlo.

Otro cigarro salió a la luz, con el suyo apoyado en los labios, como el pájaro que duerme en la oscuridad de la madrugada, calmada, sin hacer ruido, dominando el silencio; por el otro lado, Lucía mantenía la mirada en los movimientos con aprobación, abierta a cualquier reacción. Sin avisar, el cigarro negro se posó en los labios de ella, sin respuesta, para ser encendido por el fuego de la Muerte.

—¿Qué pasa con tu padre? ¿Quieres contarme? Lo sé todo sobre ti, pero estoy interesada en tu visión, en el ahora, y en el cómo realizas la elección de palabras en tan poco tiempo.

—¿Mi padre? Solo duré cinco años teniendo padre. Tengo muy pocos recuerdos, la mayoría difusos e incompletos.

Encogida, abrumada, la Muerte quería hablar, responder, empatizar, pero fue anticipada por las palabras de Lucía.

—Lo que más destacó de él fue que se convirtió en un violador en potencia, pero en un amante impotente —Observó el techo de hojas y niebla como un lobo la luna llena.

—Los sueños confunden, ¿si no por qué razón los llamaríais sueños? ¿Y si quizás tu padre no es culpable? Con el paso del tiempo, los recuerdos se densifican y se hacen difíciles de descifrar. No trato de defenderlo, ni mucho menos, solo digo que nunca se supo la verdad de lo que pasó.

—Si estuvieras viva lo entenderías, Muerte querida. Cuando los traumas nacen sin afluente y las puertas se abren antes de tiempo, tu vida se desmorona. Tener el mismo sueño todas las noches que duermo es una gran dependencia, una forma de vida y un sentido sin respuesta. O puede que toda la vida haya estado loca y todo el trabajo de ahora fuese en vano; locura sobre locura nunca funciona —Lucía inhaló el cigarro como el comienzo de un gran suspiro y tomó su tiempo para expulsar el humo y continuar—. ¿Por qué en mi sueño nunca aparece su rostro? Solo sombras y oscuridad. Es agotador y extraño —En medio del pensamiento, una irónica sonrisa salió a escena—. Quizás no tanto, era un cobarde. Al menos fue inteligente, pensaba un poco en mí y me cubría los ojos y la boca con la sábana.

—¿Y piensas que ahora está buscando tu perdón?

—No lo sé, ni quiero saberlo, pero al menos está haciendo algo. Piensa en mi madre por un momento y ponte en mi lugar —Estiró sus músculos y se preparó—. Te voy a contar un secreto: si te encuentras algún día con mi madre y preguntas sobre mí, estoy segura de que lloraría lágrimas de cocodrilo, diría que no quiero saber nada de ella y te explicaría en pocas palabras como pasa la vida buscándome para salvarme del pozo donde, según ella, me encuentro. ¿Sigo o como eres la Muerte lo sabes todo? Cuando el nuevo novio de mi madre me echó de casa, sin ningún motivo, solo porque yo era un estorbo para la relación, ¿sabes lo que hizo ella? Seguro que no, porque no hizo nada. Dime una cosa, ¿no crees que, como madre, no harías lo que sea por tu hija antes que echarla a las fieras, abandonarla, solo porque piensas que tienes veinte años y quieres emborracharte y retozar con tu nuevo novio? Por suerte, o por desgracia, tengo ese amor a mí misma que mis padres no me tuvieron.

—¿Y tu familia?

«Porque tuve temor de la gran multitud, y el desprecio de las familias me atemorizó, y callé, y no salí de mi puerta».

 De nuevo, la Muerte negó con la cabeza, hizo desaparecer lo poco que quedaba del cigarro negro en la tierra y la maleza de flores violetas y amarillas, con el ceño fruncido y la mano izquierda sobre la cabeza, y, pensativa, contestó:

—No, así no, Lucía. Merecemos otra oportunidad.

Aprovechando el silencio, sacó otros dos cigarros negros de la pitillera negra y ofreció uno de ellos a Lucía. Cuando el humo caminaba en línea recta, denso como el espesor de alrededor, y subía hasta desaparecer por cuenta propia, la Muerte aprovechó para agarrar las manos de su compañera, acercándolas a sus ojos, inspeccionándolas, como si tuviera una lupa imaginaria en la mirada, y preguntó:

—¿Qué son estas manchas de tinta negra?

—En pocos días la tinta desaparecerá —Apartó sus manos sin desconfianza—. Escribir es como un vicio, tan necesario como el trabajo que tú haces —Ella misma inspeccionó sus manos, los ríos y relieves de la piel y manchas de tinta negra—. Lo que fueron vicios, primero fueron placeres.

—¿Qué tan necesario es llegar a esos estados del alma? —Ambas coincidieron miradas por un segundo, y, después, al mismo tiempo, permanecieron cabizbajas.

—Mi silencio es tan tímido y profundo que las palabras viven muy lejos, tan lejos que hay que explorar lugares inhóspitos. El cambio es secundario: lo importante es llegar, pero más importante es no olvidar el camino de vuelta. Estoy tan vacía que necesito estímulos, dejar de ser, salir de lo que soy; me abruma ser yo, estoy cansada, tengo un recuerdo incrustado en la memoria, sin opción a una respuesta o revelación divina. Siendo yo misma, nunca podría escribir una página. Me pasa que no sé lo que escribo hasta que lo encuentro días después; por suerte, otros acaban desaparecidos o fosilizados entre océanos de alcohol o jugos intestinales. Existe alguien fuera de mí que ofrece su ayuda de esta manera. La mezcla de anfetamina, alcohol, ramas de olivo y días sin dormir, sin comida ni agua, consigue ofrecerme la mano que sigue manteniéndome con vida. En la vida real, los recuerdos permanecen, son incontrolables y acaparan los tonos más graves de la voz interior. En cambio, los recuerdos en la página son la forma de olvido más cercana y asequible, con las mejores secuelas; después, a la vuelta de la esquina, los recuerdos vienen por sí solos. Es un eterno retorno. Nietzsche tendría envidia de mí. Es todo una esfera; una rotación eterna sin principio ni final. Cuando estoy varios días actuando como una persona cotidiana, vigilada, como parte del rebaño, los demonios…, el demonio, el recuerdo, siente el espacio suficiente para actuar y comprometerme la vida. Entonces necesito mancharme las manos de tinta.

Sin preguntas ni vocabulario alguno, en un intento de comprensión, pensativa, ajena, jugando con los dedos a molestar a la colilla sin vida, la Muerte guardaba silencio mientras la única música de fondo era producida por el lenguaje de las hojas que danzaban al compás de débiles e intermitentes rachas de viento.

—Si esto es un intento de una cotidiana conversación entre dos personas adultas y razonables —prosiguió Lucía—, algo semejante a una amistad, ¿no debería preguntar algo sobre ti? Yo solo sé lo que dicen los libros y cómo te muestran las pinturas. Equivocados todos. Ahora es mi turno. Anteriormente, sentía cómo que estaba prestando declaración.

El cuerpo en sombra de la Muerte se alzó del suelo con la rapidez con que cualquier pajarito emprende el vuelo tras detectar un peligro o una presencia desconocida en el territorio. En pie, con el negro cabello a la altura del techo de hojas y niebla, y tras varios segundos, la Muerte consiguió tranquilizarse, arregló sus ropas, comprobó el bolsillo donde descansaba la pitillera y habló por última vez.

—Lo siento, Lucía, aguardan mi llegada en el hospital —Sin mirar a su compañera, fija en el horizonte gris y lejano—. El viejo no pudo esperarme hasta la noche. Ten cuidado, hazme el favor, con cualquiera, tanto furgones como personas —Solamente pudo mostrar un corto segundo la pálida y erosionada fila de dientes—. Nos veremos pronto.

Un verdecillo comenzó su canto cuando la sombra de la Muerte se disipó en la niebla y, pocos pasos después, desapareció. 

 

 

 

IX.

 

«Este no querer ser lo que se es».

El padecimiento de una vida instruida en el desastre,

sometida a decisiones unánimes —el único dictamen—.

 

Río que nunca deja de pasar y nunca veremos morir,

el agua que nunca conocerá el cansancio,

mientras el otro olvida, es ciego espectador y busca el sueño del descanso.

Entre tanto desierto, ¿sería posible imaginar un oasis?

El sueño no es un descanso sino una herida que no cicatriza.

 

Mi existencia existe en la gota que colma el vaso

y yo soy el mar que espera su regreso,

y yo soy la que se descuelga inevitablemente del camino,

y yo soy la pesada carga a rastras de mi alma,

y yo soy la que no consigue olvidar que el presente no es un recuerdo.

 

El vino es sangre derramada que es disfrazada con el propósito de regresar al cuerpo;

entra y recorre mi soledad, permanece bajo los símbolos de la escritura;

palabras, palabras como palabras alumbrando un futuro que dice existir;

nada más que las palabras que yo pienso que una herida dicta a un vacío.

 

¿Cómo permitís que alguien percibida a sí misma como loca tenga que echar a vuestra

indiferencia el polvo en que os habéis convertido?

 

 

 

X.

 

Por el espacio de un momento, la habitación se convirtió en un circo bajo la dirección de dos fieras apenas conocidas entre sí: un hombre y una mujer que danzaban, entrelazados, hacia la cima y los límites del placer corporal.

Persecuciones, una carrera de obstáculos, dos calcetines en dos pies como únicos supervivientes, la ropa en el suelo, besos y énfasis como donaciones a la causa, sin lógica ni filosofía, como acciones atribuidas al mero tránsito hacia lo que se pretende alcanzar, sin pretender ser vapuleado por las consecuencias en segundo plano, un clímax a la deriva, saliva seca, sudor frío, y dos corazones en silencio.

El cuerpo del chico yacía sobre el pálido y disminuido cuerpo de Lucía. La acción provocaba sonidos y reacciones en ambas partes; unas por dejarse llevar en el carro de la situación, y otras, forzosamente, a ojos cerrados, como quien comparte soledad con una inevitable oscuridad. El pegamento de las pieles confirmó la dicha, lo propuesto por ambos, y los gemidos se convirtieron en el protagonista de la escena.  

El paso de una oscuridad, de una difusa imagen del pasado, por la mirada interna de Lucía, provocó su congelamiento.

En principio, el chico no bajó el ritmo, mantenía su concentración en la expresividad más tensa de sus músculos, consciente, apoyándose en la valentía de su virilidad. Al mismo tiempo, sin necesidad de compartir la misma realidad, Lucía yacía como un cadáver, acometida tras acometida, con la flácida piel de todo su cuerpo en un movimiento repetitivo, sumida en el recuerdo, y con la suerte de carecer de cualquier sentimiento.

A partir del suspiro del victorioso, en la cumbre, el cuerpo del chico descansó sobre la carne de Lucía, desperezándose con la libertad que proporciona una cama, deslizándose en su propia agua perdida, y respiró de forma abrupta como mecanismo de recuperación de energía.

Tiempo después, tras la puerta del baño, deshelada, Lucía encontraba la misma indecisión que la de un insecto posado sobre un espejo, irreconocible, temerosa de su propio movimiento, al acecho de cualquier sospecha o novedad, sin el sentido exacto para comprobar si el reflejo proporcionaba la imagen de sí misma. El agua sobre el rostro y las heridas invisibles eran inservibles, el espacio demasiado, el exterior innecesario y el interior era un punto que encontró el punto más seguro de la partida. Frenéticamente, buscó los remedios más seguros en esos casos, agarrándose de una pizca de serenidad para producir el menor ruido posible, hasta recordar que se encontraba en el baño, sin recursos.

Cuando la tensión y los nervios reflejados en la búsqueda de las manos llegaron a los pies, cubiertos por el calcetín, en la zona del tobillo derecho, un bulto apareció y, al instante, la respiración de Lucía demoró su intensidad. Mientras aspiraba el polvo blanco y sobre la tapa del inodoro, recordó y agradeció el impulso por el cual pudo robar, inconscientemente, en el camino en blanco hacia el baño, aprovechando el descuido, unos pocos gramos de anfetamina del bolsillo del olvidado pantalón del chico.

Ya en el exterior, con el rostro humedecido y los rasgos cansados y propensos al vacío, el salón reflejaba un silencio inusual. Acostado en el sofá, media cabeza y los pies asomaban del cuerpo del chico, aún desnudo. Caminó, adhiriéndose al frío y al polvo del suelo, y, decidida a buscar una soledad a toda costa, se posicionó a escasos metros del primer enemigo.

La imagen le proporcionó un nuevo elemento: la libreta, donde en cada página en blanco ella escribía poemas de terror y palabras en contra del recuerdo, estaba en manos ajenas.

La expresión cambió, también, el color, el interior y el exterior. Quería llorar, pero, algo familiar comprendió que no tenía fuerzas para ello, que la verdad era algo subjetivo, igual que los recuerdos, y que las fuerzas desmembraban su fervor.

Pensó en los cuchillos de la cocina, en el fuego, en el dolor y los gritos sin afonía.

Un descuido le permitió ser engañada. Perdió el secreto y la intimidad en pocos segundos.

El chico, al percatarse de su presencia, respondió con la sonrisa de compromiso o mueca que es devuelta a quien nos saluda en la calle y no es reconocido al instante, y volteó de nuevo hacia la libreta.

Esta vez, la oscuridad apareció en la mirada del exterior.

—«Mira, voy a postrarla en la cama, y a los que adulteres con ella los someteré a una gran tribulación, si no se convierten de sus obras; y a sus hijos los heriré de muerte; y todas las iglesias conocerán que yo soy el que sondea entrañas y corazones, y os daré a cada uno según vuestras obras» —susurró la Muerte, escondida en alguna parte de la casa.

 

 

 

XI.

 

En fila y en línea recta, los sensores iban despertando a fogonazos; una a una, como en una secuencia o el comienzo de una procesión, las luces iluminaron el pasillo. En ambos lados, las paredes tenían filas de puertas de color negro, separadas por varios metros entre sí, con un pequeño espacio abierto a la altura de los ojos, rectangular y fortificado por las rejas de un hierro igual de oxidado que el hierro de cualquier celda carcelaria.

El chirrido de una de las puertas provocó risas alargadas y malignas provenientes de personas invisibles como incómodos ecos desde la distancia. Poco después, el silencio de unos pasos que entraban a una de las habitaciones dejó sus huellas en el camino como vapor de agua. Una sombra traspasó la puerta y el umbral que contradecía el supuesto libre albedrío del exterior y la aparente prisión del interior.

La Muerte hizo acto de presencia y se posicionó entre la cortina de luz blanca y marchita, proveniente de la triste luna llena que entraba desde el pasillo, y una sábana que descansaba sobre la silueta de un cuerpo acostado en una cama.

La habitación no era más que eso: una cama ocupada.

Cuando quiso dar el primer paso —temeroso y decidido paso—, la luz del pasillo se apagó con la congoja de no haber encontrado ninguna presencia a la cual iluminar. La oscuridad provocó en la Muerte un recorrido casi a hurtadillas en dirección a un débil e insignificante reflejo de la luna, con el debido respeto para la persona que descansaba alejada del ruido y la atención fija en cualquier novedad y en la posible imaginación por la falta de información. Cerca de la incógnita, como hábil búho en la rama de la noche, inmóvil, torció su cuello hacia la derecha y observó bajo la espera de acostumbrar su vista, después hacia la izquierda, con los parpados entornados en busca de una mejor visión. Por un momento, pudo conseguir la dicha y entrever un cuerpo vestido de blanco y atado de manos y pies a las cuatro esquinas de la cama. Encogida de una indiferencia arraigada en lo personal, un poco de desaliento y las prisas conocidas, consiguió esperar pocos segundos más y, al borde de algo desconocido, preguntó dulcemente con voz muy baja:

—¿Acaso estás muerta, Lucía?

No hubo la más mínima respuesta.

A modo de presencia y consuelo, la sombra de la Muerte tan solo pudo recorrer con sus dedos fríos e hirientes el cabello de Lucía. En sí misma luchaba contra sí misma, limitándose en sus acciones y asegurándose de cerrar las puertas a una muestra de afecto por parte de alguien con tan poca vida como ella; pero, francamente, Lucía la necesitaba.

Derrocando al silencio, una ráfaga de viento se confundió con el roce de una leve caricia de una sábana con una piel, acompañada de un ligero tintineo de los cuatro aceros que amarraban el cuerpo.

—Todo… Todo es mentira —balbuceó una voz desde la cama.

Triste y sin fuerzas, el sonido provenía de alguna parte, cerca del cuerpo. La Muerte no conseguía descifrar los labios con claridad. Y, como algo esperado, Lucía se mostró medicada o bajo los efectos de algún sueño dispuesto a descansar sobre ella sin permiso. 

—Es parte… Televisión —añadieron los invisibles labios.

Los párpados y algunos dedos consiguieron movimientos en pequeños espasmos, sin sonido alguno. La Muerte, indecisa, apartó las manos y mantuvo la distancia. Tras un segundo de calma, Lucía sufrió un espasmo tan significativo que las cadenas arremetieron con presencia y argumentos en contra y el cuerpo no tuvo más remedio que mantener la posición en un resignado silencio.  

—Voy a ser famosa. Ve a mi casa y deshazte de todo lo escrito —concluyó una voz firme y el semblante calmado.

 

 

 

XII.

 

—¿Nada más? ¿Aquí empieza tu silencio? —sentenció Celia con una clara superioridad, inamovible, en medio del proceso y del progreso de una justa tortura que deseaba terminar en una encubierta declaración.

—Repito que mi familia es bastante reservada, Celia —declaró Jesús, sin munición, cabizbajo, adherido al temor de los que se lanzan a la vida, sin fuerzas para defenderse o maquillar sus temerosas palabras por medio de la falsedad de los gestos de cada uno.

Comenzó un silencio que duró un indefinido tiempo.

—La desconfianza en la pareja comienza con excusas y termina con un silencio y una mirada cabizbaja.

Así de sencillo unas palabras dan lugar a un acto de fe. Y prefirió empaparse de sudor antes que navegar en un mar de lágrimas.

—Sufrió un brote psicótico. Desde allá… —Jesús señaló con uno de sus brazos la dirección de la casa de Lucía, invisible y sepultada por eternas líneas de limoneros; Celia no siguió dicha dirección con la mirada—. Se dice que los gritos se escucharon desde aquí. Mis abuelos fueron los primeros en llegar; antes avisaron a mi familia, pero estaban tan asustados que no pudieron esperar. Justo al abrir la puerta, un chico salió disparado, incluso arrojó da mi abuela al suelo de un golpe, y desapareció en la oscuridad. Ella no habló nunca con nosotros de lo ocurrido. La casa estaba irreconocible. Yo llegué de los últimos. Era muy pequeño, apenas recuerdo. Por desgracia, no me contaron mucho y sabes de sobra que mi familia es bastante reservada. Me crucé con dos ambulancias, nada más que eso. Esperábamos librarnos de ella por un tiempo, al menos, pero alguien desde dentro hizo los arreglos. ¿Qué íbamos a hacer? Es carne de psiquiátrico.

 

 

 

XIII.

 

Ninguna intervención necesaria del oxígeno; el mismo se convirtió en un mero espectador con gafas negras y sombrero negro, posicionado en segunda fila. El tiempo ralentizado: una sinfonía armónica mientras la circunferencia se agranda. Todo lo retransmitido llega en blanco y negro a los televidentes, superpuesto, monótono, acogedor y nostálgico. El humo brota a partir del espacio en blanco, libre como las olas, con el afán de expandirse y asemejarse a la violencia de una metástasis como portadora del único destino.

No quería ni podía resistir dejar de ser. Agarré lo que pocas veces consigo vislumbrar en un pequeño punto al alcance de la mano; arrojé al vacío mi percepción y la moral que conseguí forjar y alimentar con los años. Por primera vez, parecía no estar a cargo de cargar con la carga de ser yo misma. Para mí, ya que yacía como un recuerdo, significa que formé parte de algo. Tuve que ser algo, ser en algún sentido, en muy bajo porcentaje o contenido, reducida a la mínima expresión posible de mi ser. Cuando llegué a una conclusión, creí ser el mismo Dios o tener el secreto y los argumentos para derrocar al supuesto Dios y enturbiar sus designios. Y lo esperé, en vano, reclamar su trono: no hubo respuesta, quedó en evidencia.

Observé a un mosquito recorrer los pasillos de mi casa como calles de una ciudad angustiada de tentaciones —el mismo que, como el tiempo, da vueltas en un mismo punto y comparte el mismo centro, sin recuerdos, donde lo nuevo siempre es automáticamente nuevo—. Huía del mundo o de mi conjunto de naderías o de cualquier vulnerabilidad de la vida que nos rodeaba o trataba, simplemente, de jugar conmigo al juego del buen samaritano o del escondite. Ahora puedo confirmar su dicha de ser humano. Recuerdo su cuerpo con las alas como piernas, insignificantes y movibles, aparentemente vacío, necesitado de alimento, semejante al reptil que, en el primer instante de completar la digestión, nada en su laberinto de cuerpo de mosquito.

Empecé a gotear; entonces, todo cambió. Una botella a ras de suelo recogía los restos de algunas gotas; otras lograban desviar la trayectoria y despertar al vidrio. Las paredes comenzaron a llorar: líneas de cascadas de un agua gris y nunca transparente. Abría la boca e ininteligibles palabras de carne eran liberadas; pero carecían de un receptor, igual que la inútil y astuta intervención de un niño rodeado de adultos.

El mosquito perdió el temor y divisó en mí una impenetrable curiosidad. Cerca de mí, como pez en el agua o rémora, caminaba —a veinte centímetros del suelo— con seguridad y olfato y destino alineados, sereno en la espera que suele sorprender al más paciente.

En el espacio en blanco donde los párpados aún no se topan con su propia barrera, la puerta dejó pasar una luz que provocó una bochornosa huida del mosquito y, como luces de faro, como luna desprendida de un banco de nubes, dos ángeles irrumpieron en mi casa.

Antes de presenciar la ausencia del mosquito que desapareció igual a sus antecesores, semejante al instante cuando una puerta o ventana les proporciona la entrada a un nuevo mundo, yo era el único objetivo. No tuve ni quería tener opción; fui el mosquito que no piensa en la muerte porque desconoce la muerte.

A las afueras, dos furgonetas de la televisión esperaban mi triunfal salida. Descubrí el interior de una de ellas. Varios ángeles —nuevos ángeles que llegaban a través de distintas líneas de limoneros— de luces curiosas y expectantes rodearon la furgoneta y otras de ellas iluminaron el camino. Emprendí un corto —o largo— camino en la supuesta carretera de mi imaginación, a excepción de vanas miserias oscuridades que nada me proporcionaron, acostada en una cama blanca y rodeada de un color blanco real. No quería ni podía moverme; la seguridad, el amparo de esas luces, era lo más parecido al descanso que relatan las mudas almas de los que ya no están en este mundo.

El tiempo o la furgoneta frenó y el movimiento de cabeza provocado por la física supuso en el pensamiento de mi ser la afirmación de llegar a los estudios centrales de una televisión. Los dos ángeles de luz guiaron mi existencia a una habitación —o despacho— de un gris monótono, donde terminé sentada enfrente de una luz más erosionada que, a sus espaldas, como lujuria del supuesto trono, estaba protegido por unas palabras que pude descifrar unas letras que decían Unidad de salud mental.

La cautivadora, virgen y pacifista luz del sol posterior al amanecer —dicha luz que trata de acompañarnos con la mirada— fue, en principio, lo que comprendí como real, lo que sentí y capté y llegó a tal confianza que descifré su fuerza y tiempo mayor a la cual Dios podría soñar en alguna noche del otro lado del cielo. Tanto fue alimentado mi éxtasis que, cuando un contrato y un bolígrafo apareció cerca de mi mano derecha, firmarlo era menos tarea que leer la letra pequeña o cualquier letra de ese folio en blanco.

Antes de volver a volver a la oscuridad, agarré una consecuencia del contrato: estaba cada vez más cerca de alcanzar la verdad y terminar el cuento.

Yo no tenía miedo; ellos tenían miedo de mí. Quizás, demasiado confiados, imaginaron que podía alcanzarla.

El capítulo terminó amarrada de posibilidad, brazos y pies.

 

 

 

XIV.

 

En la hora sin sombras —el mediodía—, como poseedora de la mayor parte del silencio natural del jardín exterior, la llana y negra sombra de Lucía permanecía inmóvil sobre el césped. En una sumida meditación, el cuerpo, con las manos entrelazadas en la espalda y alineadas con una mirada al cielo, quedó postrado como una vaga proyección, y en aparente sintonía, en el acto de recibir y transmitir información, con un árbol viejo y calvo, rodeado de otros más sanos y frondosos, al cual pisaba sus zapatos y raíces.

Las infinitas ramas de infinitos puntos iniciales y finales, líneas verticales y paralelas, líneas a mitad o enteras, líneas de la mano del tiempo como esperanza futura de una posible unión, líneas irregulares y eternamente laberínticas hasta bifurcar en otros innumerables eternos laberintos, eran el reflejo de unos ojos abstraídos en un sueño capaz de alimentarse de la vigilia y confundir la realidad del momento. La vista fija se comprometía de manera incomprensible en la simpleza de la escena compuesta de sombras y oscuridades que ocultan el sol y concentran el exterior en un mismo radio ramificado en los momentos donde una serenidad sensorial nos hace tan poderosos que la verdad obtenida impide movimiento alguno; Lucía, ayudada por la habitual y conocida mezcla de fármacos, sentía lo mismo.

El grito conjunto y característico de una pareja de vencejos precedieron los gritos de sufrimiento de una puerta de hierro en su monótono recorrido y el pitido característico que suele preceder el final y la vuelta a una realidad sin magia. La curiosidad hizo girar su cuello y encontró, sosteniéndose en una barandilla de hierro corroído, el cuerpo de un hombre vestido con bata blanca y una mano que, con un simple y conocido movimiento repetitivo, pretendía reducir la distancia entre ambos desde la distancia. El hechizo pareció surtir efecto en ella y obedeció; atravesó obstáculos con una puesta en escena semejante a la desolación interna de dichos obstáculos convertidos en vecinos, silenciosos y cabizbajos, con la conciencia, las articulaciones, los músculos y órganos reducidos al automático, tan dormidos que olvidaron la verdad propia que alcanzaron antes de ser encerrados. Manteniéndose cabizbaja, al llegar a unos zapatos, como instinto, ofreció ambas manos y fue esposada y conducida, con la mano del hombre de bata blanca posada con levedad sobre uno de sus hombros, a descubrir la incógnita de la puerta.

El largo recorrido entre pasillos y pabellones vacíos encontró su final en las inmediaciones de un claustro de estilo renacentista, constituido por dos cuerpos de arcos de medio punto de un color madera joven y una cubierta lisa y suave como la piel de una piedra amarrada al fondo del mar, con el comienzo de un laberinto a los pies de cada columna, y en cuyo centro reinaba un joven pozo negro sin muestras de corrosión.

Una monja vestida con el hábito correspondiente y una carpeta negra sobre sus rodillas, sentada en uno de tantos bancos posicionados en línea recta al centro de cada arco, levantó su cuerpo y los recibió.

—No es necesario, señor. Si desea, puedo ayudarle a desatar las esposas —dijo la monja con una voz dulce, clara y serena.

El hombre de bata blanca hizo caso omiso; por sí solo, desató las esposas con dos movimientos iguales e igual de coordinados, sin llegar a producir sonido metálico alguno. En un silencio que esperaba ser respetado, con las manos entrelazadas en la espalda, cabizbajo y las esposas colgando de la unión entre ellas, se apartó varios metros y ofreció la mayor intimidad posible.

—Acompáñame —Una pálida mano y grata sonrisa señalaron el banco que soportaría el peso de ambas; Lucía, sentada a su derecha. Sobre sus cabezas, un lienzo de San Pedro penitente gozaba de poseer total libertad en el espacio de la blanca pared.

Demasiado silencio.

—Esto es blasfemia —dijo Lucía con los ojos entrecerrados; giró su cuello lentamente hacia el lienzo y el santo y, de nuevo, Lucía pareció asentarse en la realidad—. No somos dignas de recrear la escena de Jesús y Pilatos. ¿Somos hijas y se nos imposibilita imitar al padre? Usted, una hija de Dios, que vive como le exigen, recibiría el perdón con facilidad, sin arrepentimiento ni remordimiento. ¡Igual que San Pedro! En cambio, yo…

Los movimientos de la monja eran inconclusos y plagados de indecisos nervios. Regaló una sonrisa por conveniencia y, casi sin mirar a nadie, guardó palabras e incompletas oraciones en su interior.

—¿Sabrías decirme por qué estás aquí? —preguntó la monja con timidez y sumo cuidado.

—¿Vienes a redimirme, curar mis pecados, o quizás a mostrarme que el único camino de la verdad está en dicha creencia, o incluso permites despreciar las demás y alabar una sola religión como la única verdadera? Miles de religiones y profetas pueblan la historia… Mitra realizó milagros y resucitó al tercer día, Horus caminó sobre las aguas y tuvo doce apóstoles, y Krishna recibió oro, incienso y mirra al nacer de una virgen y de un padre carpintero.     

—Fue una tarea complicada —interrumpió la monja con pavor—, pero, finalmente y a nuestro favor, conseguí convencerle para que no te denunciara. Tuvo un shock esa misma noche. Lo encontraron desnudo la mañana siguiente, a las afueras de la ciudad. Tratar con él, los psicólogos, y los padres tampoco ayudaron mucho, resultó como tratar con un apostata. Por otro lado, a su familia no he tenido el placer de conocerla. Siguen sin aparecer por aquí.

—No recuerdo nada —contestó Lucía con una voz autoritaria, como si tratara de convencerse a sí misma de la veracidad de sus palabras, y la mirada al frente.

—Se dice que abusaste de él —Las palabras de la monja se deshacían en murmullos por cada desaliento.

—¡Nunca! —Lucía giró su mirada a la izquierda y clavó sus baldíos ojos en ella.

—Que estabas loca.

—Se equivocan. Yo no estaba loca… Quería estar loca, que es diferente —Lucía regaló una ligera carcajada y negó con la cabeza.

La tensión, la incomodidad, la indecisión, y la vaga superioridad eran palpables en el poco espacio que existía entre ellas. La monja procuró el intento de buscar algo en la carpeta negra sobre sus rodillas, como quien reúne la suficiente delicadeza con el propósito de encontrar un objeto sin perjudicar el curso de la conversación; pero, a mitad de camino, se arrepintió y disimuló con más palabras.

—Lucía, encontraron folios escritos repartidos en cada una de las habitaciones de tu casa. Leí algunos y no tuve el valor de quemarlos. No soy quién, entiéndeme.

—¿Y qué puedo hacer?

—Quiero entenderlo, por favor. Nunca encontraron mis ojos nada igual. Son sentimientos de un alma fuera de mi conocimiento —Por un instante, la monja juntó sus manos en posición de rezo. 

Regocíjense, oh jóvenes, por su juventud y dejen que vuestro corazón se alegre mientras dure la juventud. Camina hacia donde te guíe el corazón y te indique la vista, pero ten en cuenta que Dios te juzgará por ello —agregó Lucía con una poseída dulzura y la mirada al arco de enfrente

—No creo lograr un punto acorde de entendimiento —añadió la monja, resignada y severamente cabizbaja.

—Entonces agradece la vida que Dios te ha dado —Lucía regaló una pícara sonrisa.

—¿Por? —preguntó la monja con sorpresa y plenos ojos abiertos.

—Porque no necesitas escribir algo así para mantenerte con vida —respondió Lucía, de vuelta a los ojos de la monja.

—Escribes con mucho corazón, no hay nada de razón en ello —dispuso la monja, reduciendo las distancias del debate.

Recuerda a tu creador en tus años jóvenes, antes de que vengan los días difíciles en que debas decir: «No, no estoy satisfecho». Recuerda a tu creador antes que el cordón de plata se corte, o la copa de oro se rompa junto al manantial, o la rueda junto al pozo se estropee —recitó Lucía

Las palabras del sabio son como un aguijón, y las palabras de los eruditos son como clavos bien dirigidos, entregados por el Pastor. Además, hija mía, debes permanecer lejos de esto: leer muchos libros no nos lleva a nada y mucho estudio es agotador para el cuerpo —contestó la monja.

—De nada sirven los años de estudio. Cuanto más sabes, menos sabes y más contradicciones. ¿La religión es el dinero o el control? ¿Ambas? No es necesario responder…  

—Señor… —La monja cerró los ojos y entrelazó las manos muy cerca de los secos labios de Lucía—. Hazle sentir tu presencia.

Se propagó un necesario e incómodo silencio.

Desaparecieron los azahares del cazador y el himno del animal acusado terminó su actuación. El hombre de la bata blanca, sin apenas acto de presencia, comenzó a caminar con serenidad y firmeza a lo largo del pasillo que envolvía el claustro.

—Harían falta cigarrillos… —suspiró Lucía—. Aun así, —apoyó ambas manos en ambas rodillas y estiró su cuerpo con un largo y amplio suspiro, y continuó—, no tengo más remedio… Cuando era ingenua y pequeña, cuando la mente de mi madre soportaba el alcohol y mi padre recién nos abandonó, estudié dos años en un colegio católico. Conociéndola, supongo que mi madre consiguió la plaza gracias a su falsa pena y la caridad de las podredumbres que engañó. La inocencia de una niña traumada pende de un hilo. Eres ignorante, y todo te confunde y te conmueve. Creí en alguna figurita, en la difusa sombra que todo lo puede y todo te debe, en lo que inculcan sin propio consentimiento y seleccionan una edad perfecta para ello. Interesaba nada más que por mi propio bien, y nunca llegué a comprenderlo. El resultado fue un cínico lavado de cerebro. Eso estaba siendo utilizado como un esclavo del que parecía fácil sacar algún provecho y ningún resultado. Recuerdo rezar de rodillas antes de los exámenes que nunca estudiaba. Era capaz de entrar en la parroquia y robar estampitas, solamente para repartirlas entre mis compañeros. Con esta confesión entenderás que la idea de la religión era una vía fácil, un mecanismo, y algo a lo que aferrarse. Cuando uno sale de la prisión de cruces y arrepentidos santos, la mente se abre y se dispone de una libertad sin límites. Es inevitable. La madurez ayuda. La literatura te acoge. La filosofía enseña y mantiene abiertos los ojos. Los retales de individualismo y el debilitado pensamiento que mantienes intacto son la única oportunidad. Juro que lo intenté, pero no recibí respuestas, ni siquiera una palabra que me saciara. Lo necesario era creer, creer, mientras niños inocentes morían de enfermedades sin pecado. ¿Cómo se atreve? —En una de las mejillas de Lucía apareció una tímida lágrima.

»Nunca abandonaré mi destino en manos de la fe. Lo único real y corroborado, la fe verdadera, es la relación personal con Dios. Cada uno es libre y pecador. Dios es nosotros, vive adentro. Dios es espíritu. No tiene por qué tener un nombre, un rostro y una suma veneración. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Entonces, no hay por qué generalizar y globalizar el poder en uno solo, basado en la ambición de conducir todas las borregas a una misma granja. Dijo el predicador: Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

»Soy incapaz de agradecer y vivir en un mundo donde sufrir y ser ambicioso se interpone a amar y ser feliz. Creados a su imagen y semejanza, mentimos a conciencia y pecamos por ignorancia.  Cuando soy débil, entonces soy fuerte.

»La fe no es eficaz. La fe es lo conmovedor de un imposible. Creer es tener miedo a la muerte y al fuego eterno. Creer es debilidad. Yo soy suficiente para aceptarlo, o quizás para derrocarlo con mis propias manos. Yo me acojo en mí misma. No necesito nada de nadie, pedir ni esperar. El que piensa no puede ser cristiano, decía Nietzsche.

La fisionomía de Lucía mostró una expresión de sosiego y decoro; respiró hondo y acarició su cabello con ojos cerrados. Sin mucho que decir, la Monja necesitó de varios minutos para formular varias palabras seguidas más que deliberadas. Una, sentía suspense y miedo; otra, indiferencia y vicio.

—Cada uno acusará al otro de sus propios pecados… El infierno llama al infierno. Recuerda separar el cielo y el infierno; los dogmatismos y la figura de Dios —dispuso la moja, sin querer queriendo, como quien teme la verdad de la respuesta que espera.

—Qué decepción… —irrumpió Lucía—. Esperaba una respuesta como: si Dios es más grande que el hombre y la mujer, ¿cómo te atreves a acusarlo de no atender tus razones?

—Lucía —cayó derrotada y cabizbaja—, yo soy la hermana Juana, mi tarea es decidir si estás bien para irte.

—¿Por qué blasfemia? Pilatos me pide que respete a Dios y cumpla sus mandamientos.

—Escúcheme… —La monja, afable, descansó sus manos en las de Lucía.

—Debo tener cuidado con lo que digo —coincidieron miradas.

—Sabes dónde estoy —inquirió la monja—, no soy Él para estar en todos lados —añadió una media carcajada como único intento de diluir el caótico debate—. Si quieres, y cuando quieras y necesites, puedes venir a verme y debatir sobre creencias, supuestos y lo que sea necesario.

El eco de unos pasos irrumpió; el hombre de la bata blanca dobló una de las esquinas del cuadrado y reapareció en escena. Lucía levantó su cuerpo y, en dirección hacia la monja, asintió con la cabeza y dio por finalizada la conversación. Como una asentada costumbre, ofreció sus manos para ser esposada y aceptó el cierre de su libertad. Hasta que algo de manera incomprendida algo cambió en su interior, se arrepintió y caminó hasta el banco donde la monja seguía sentada y confundida. Cerca de ella, clavó una mirada inquisitiva y añadió con autoridad.

—¡Sois la madre de Dios! Hermanas, nunca aceptéis ser gobernadas por ningún hombre del cielo o de la tierra. No sois invisibles. ¿Acaso Dios no conoce de biología? Mi sangre es impura… Mujeres como tú merecen un papel más importante en la curia.

En la calma, cuando la normalidad se asentó y las esposas encontraron su propio muro y derrocaron la libertad, giró el cuello y la mirada hacia la monja y, a carcajadas, concluyó:

¡Muera el día en el que nací y la noche que amaneció: se ha concebido una mujer!

El polvo volverá a la tierra como era antes, y el espíritu volverá a Dios, quien te lo dio. Vanidad de vanidades. Dijo el predicador: «Todo es vanidad» —susurró la monja, cabizbaja

 

 

 

XV.

 

—Vamos, cariño —observó Jesús, en pie, y ofreció una de sus manos a su pareja como guía con el propósito de una precisa incorporación de su pareja—. Nos llaman. Es el momento de soplar las velas —añadió una pícara sonrisa, con el fin de enmascarar la inquietud interior y la gota de sudor que atravesaba la ceja derecha en silencio, mientras que, con uno de sus brazos, señalaba el camino hacia la familia.

—Adelántate —contestó Celia, con una mirada intensa y dirigida a su pareja, disfrazada, temerosa y envuelta de la incomodidad y el mal pensamiento de los que recién se desprenden de una mentira—. Necesito ir al baño.

Jesús nada sospechó; asintió con la cabeza y la sonrisa como imán al rostro y desapareció. En él, desde la primera confesión, urgió la necesidad de huir de la situación que estaba pronta a producir un mal mayor, cambiar de aires o de silla, invisibilizar su presencia e intimidad amparado de familiares, y olvidar lo que había dicho, lo que ni él mismo conocía, lo que seguía manteniendo en secreto, y lo que nunca diría. Casualidad o no, el baño más cercano se encontraba en una caseta de madera, situada en la parte de atrás del jardín, a sus espaldas, cubierta en su mayor parte de libre vegetación, bien ubicada y alejada de cualquier presencia, junto a una pequeña puerta de hierro oxidada, siempre abierta, que los perros solían utilizar para salir al huerto a escondidas.

Comprobada la ausencia y lejanía de la familia, Celia, acompañada de algunos ladridos de perro, salió al huerto y pisó el suelo limoso que separaba la primera línea de limoneros y la verja de la casa. La vida natural era libre y compartía la tristeza de las últimas horas del día con una mezcla de arbóreos colores que se rendían a la tristeza de la oscuridad. Decidió adentrarse en las primeras líneas, rodeada de sombras, siluetas y estrellas, tanto en la tierra como en el cielo. El camino era tan estrecho que, con ambos brazos abiertos en cruz, uno podía abarcar y acariciar los limoneros de ambos lados. Un débil e incesante viento se apoderó de los instrumentos de alrededor y sometió la dirección de la orquesta ambiental a su poder. Una chicharra soltera y solitaria comenzó su canto.

—¿Lucía? —ninguna vida natural respondió.

Celia frenó sus pasos; solo encontró silencio y el final del camino deshecho en más limoneros. Una rama se partió en dos y la carcajada de un mirlo provocó un eco de varios segundos. El temor a la soledad despertó su curiosidad y giró el cuello y comprobó la incógnita de su espalda.

Ahí estaba Lucía: sonriente, dulce, serena y acompañada de un libro bajo sus brazos.

—Aquí estás —comenzó Celia, apabullada, tras calmar sus nervios y ánimos, con énfasis y una sincera alegría.

—Hola, Celia —respondió Lucía, alzando una de sus manos como saludo, manteniéndose a distancia.

Celia trató de acercarse; pero, a cada paso adelante, Lucía lo retrocedía.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Celia, fatigosamente inmóvil.

Nadie respondió. La única respuesta fue una mirada de agradecimiento a los limoneros por parte de Lucía.

—Quiero ayudarte… —continuó Celia, anticipándose a sus propias palabras—. No. Puedo ayudarte —inmóvil, ofreció sus dos manos en semejanza a la madre que espera la llegada de uno de sus hijos—. Puedo ver a través de las personas y curarlas desde adentro.

—Ya lo intentaron antes —contestó Lucía, sin inmutarse—. No te preocupes. No es necesario —regaló una orgullosa sonrisa.

Como debía acontecer, despidiéndose en silencio y con una ligera mano alzada a la altura del pecho y el libro bajo protección en la otra, Lucía desapareció con pasos nada indecisos, sin prisa, sin impedimentos, en completa serenidad y aparentemente feliz, al sumergirse en una de las líneas de limoneros. Mientras tanto, Celia, en la inmovilidad que supone una incomprensión de los hechos, quizás, esperaba algo más, alguna prueba a cambio, una tímida mirada en busca de ayuda, o una palabra a la que acogerse y esperar. Entre tantas dudas y silencios, permaneció acongojada, mientras el ofrecimiento quedó tan solo como un vano intento, solitaria, y acogida a la ligera o falsa esperanza que, en secreto, los inocentes suelen albergar para dichos casos.

El teléfono comenzó a vibrar en uno de los bolsillos; era Jesús.

Sin mucho que pensar y decirse a sí misma, acostumbrada a la solitaria luz del pasillo del blanco de su mente, Lucía caminó hasta posicionarse al borde de la última línea de limoneros, arropada bajo un manto de hojas y flores, en la tierra color carmesí que separaba el huerto y la entrada a su casa. La soledad en ella era tan querida en ese momento que, los últimos rayos y la maduración de los colores, como telas de araña sobre un iluminado fondo oscuro, se introducían en ella y sobrevivían en ella a razón de todo. En el camino de vuelta no recordó el recuerdo y quién sabe si levitó cara al cielo; recordó a los vencejos de su soledad, lo pequeño, lo que pudo ser adherida voluntad y libre albedrío.

La mirada en el suelo, y la casa a cien metros. Una nube de niebla recorre la entrada. La madera de un color gris opaco y embriagador. La sombra negra de una sombra muestra los últimos pasos y abre la puerta. La Muerte en un sillón. 

Lo comprendió. Los motivos fueron justificados. Lo invicto se disipó; nada en ella dispuesto a luchar. Ningún afán en la momentánea imaginación de confeccionar el pensamiento. El destino se forjó por sí solo. Un destino intermitente. Sintió arreones de felicidad en la vulnerabilidad de su alma marchita. La indecisión como recuerdo.

Sin más, arrojó el libro y sus pasos emprendieron camino despidiéndose de ella. La nostalgia a manos de la corriente de un río eterno y conmovedor. Recordó palabras muertas, intentos de muerte que nada tenían de vida, que aparentaban aconsejar a una vida. Descubrió que en ella existía un muro de contención. Y cayó en la idea de que, francamente, después de tanto, esta era la ayuda que necesitó desde un principio. La esquizofrenia había desaparecido por completo, no era necesario seguir buscándola.

Esta visita fue real. La última. La única verdadera, permanente. Lo esperado a la espera.

Entró en su propia casa con desdén. Preparada, feliz, incluso. Saludó.

—Al final todo tiene un sentido. Un sentido y una razón.

Porque el gran día de su cólera ha llegado, ¿y quién podrá sostenerse en pie?

Lucía cerró los ojos y nunca más los abrió de nuevo.

 

05/2025


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