MONÓLOGOS
MONÓLOGO DE ROCA
La
inactividad revela una metamorfosis de maleza y rosales, infestados de
empaladores y
empacadores alcaudones;
aúllan,
sí,
aúllan
la abubilla al atardecer y el peinado al viento de la cogujada,
aúllan
las domesticadas carencias de la estrellada plata, sabor plata y luna,
aúllan
los ojos de vidrio que persiguen la estela de condensación de un vencejo de
roca;
reclaman
fulgor y furor, reclaman hervor y fervor.
No
acumulas libertad, acumulas pesares y desaires,
destiempo, tiempo
tras tiempo,
desniveles
de sucia hemoglobina,
desacreditados
desacuerdos,
ínfimas
e íntimas desconfianzas,
ajenas
desvinculaciones del propio cuerpo, crecido y yacido en opiniones de opiniones,
tinta
que desciende y nada trasciende,
y
oscuras golondrinas desmienten lo cautivo de lo ya escrito, mentido y prescrito;
los
pajaritos, ellos, y nadie más, nadie, más;
los
exploras como exploras un nuevo mejunje de metáforas de cristal,
los admiras como admiras a ungida y dulce
mujer de más de veinte primaveras,
te
acompañan como te acompañan los silencios que proceden y preceden el ejercicio
de
escupir y esculpir el lenguaje.
Angostas
palomas pierden su plumaje como congojas,
tórtolas
mueren de frío como un impotente se deshoja…
Vuela
—querer quieres, aunque quieras no querer quererlo—, pero no puedes;
estacionas
los aposentos en ojerosa penumbra de vista cansada,
y
esperas, esperas como el primero que madruga en casa del verdugo,
te
asemejas al mirlo que, mientras duerme la especie, no deja de cantar hasta
encontrar a
alguien que lo escuche;
aunque
sí, aunque aclames que tu pareja sea la literatura y el lenguaje vuestra
descendencia;
el
amor que engaña y endiña mal farios a quien confía con sorna en lo inevitable
del ser;
el
ser de la literatura, el intruso picudo, vecino de la palmera,
el
oficio del ser, de ser lo que se es y no querer serlo, o de no ser lo que se es
y no poder serlo,
de la ingrata ingravidez de infestar lo
infesto, de necesitar un oficio y querer evitar la
esclavitud que lo acompaña.
Musa,
musa que vuela y no alcanzas al alcance de la vida,
que
esperas con alaridos brazos de muerto, antes de morir;
una,
única, musa como ninguna,
yo:
una burda, musa de tus traspiés;
figura
viva de la muerte más viva, servida en el plato,
aquí
esperas como el niño su suntuosa madurez de ataúdes,
aquí
yaces con el deseo de hablar antes de mudar la mudez y conversar conmigo,
levantar
mi negra capa, abrazar mis huesos, morder mis pechos,
y
aceptar, pernoctar en la belleza de último aliento y servicio;
te
escucho… Aquí te espero semidesnuda… Como a ti te gusta…
Antes
que vivir, bebes…,
antes
que morir, sueñas millares de vidas posibles…,
antes
que dormir, olvidas y escribes…;
sí,
intentas ser con la literatura lo que la polilla representa para la
bombilla,
lo
que el colibrí al introducirse en la concha de la bella flor,
lo
que el amante deja de hacer por la predilección social de su amante;
batallas
entre los hechos y los sueños de los hechos,
entre
lo sucedido y los sueños que se remiten a lo sucedido,
entre
la imaginación y los finales de perdices en la imaginación.
La
pobreza del dinero finge más avasallamiento que la pobreza del alma,
y
te resguardas en la falta de ambiciones, te desangras, agarras cualquier rama
con tal de
despertar en la misma mañana, pero con
diferente sol;
la
resaca de oscuridades y la falta de colores de la esperanza,
la
falta de preguntas y respuestas que solo encuentras en libros muertos de muertos
y pobres
psicólogos;
el
valor del futuro, del fruto del padre, y su peso como tiempo, y recuerdos como
ácaros:
un
esfuerzo que alimenta el conjunto, consumo a consumo, y desmantela las individualidades.
Bello
estupor de sepulcro, de clamor, de hedor, de tifón, de dolor, de sudor;
hedionda
realidad que decide los actos, hechos y pensamientos del laberinto;
busto,
escultura, ratonera donde intentas refutar, retomar, reformar el ajusticiado
tiempo y su
letra pequeña con miopía;
alejar
la monotonía que hace rutina la vida, cuando no eres más que un significado;
estás
solo en esto y nadie más, nadie más y nada más que lo tuyo y de nadie más,
mínimo,
prescindible, en tu sitio,
y
tan arado de esto que el cerdo es más valiente que todo tu conjunto de cuervos.
Necesitas
un descanso, lo necesitas,
en
mis manos lo presento, a plena disposición,
necesitas
que el tiempo levante y abra sus manos de esponja y descanse,
y
pierdes el tiempo cada vez que piensas en él y los versos siguen recibiendo
disparos en el
pecho,
y
permaneces maniatado cada vez que intentas controlarlo, calcularlo, analizarlo,
comprometerlo a tus pautas, peros y
señales,
y
recuerdas que no tienes suficiente piel para tatuarte todos los recuerdos, y
cierras los ojos y
a otra cosa;
por
más que te duela, él es mi compañero y amigo:
es
el que mantiene con vida las mujeres muertas de tu vida,
el
que acata y ataca y guarda el hilo de fechas y secretos de puertas cerradas,
el
que enarbola los medios, los faltos, los llevados, los principios, los finales,
el
que te achica como hormiga en burbuja de agua,
el
que pierdes cuando necesitas ganarlo y el que ganas cuando necesitas perderlo;
viejo,
viajero sin brújula,
nunca
olvides, necesites o reclames,
usted,
siga con lo suyo hasta el final de sus días,
porque
entonces aparecemos de la mano y, quieras o no quieras descanso, todo se acaba
en
la roca…
MONÓLOGO DE LA CEGUERA
Como
dedos sobre braille, al fondo, al relieve del mar-océano, se encuentra denegada
la ayuda
para
dejar de fumar;
como
gárgola sin sol que le de sombra y trabajo, pierde tiempo y necesidad cuando es
necesario estar necesitado de voluntad;
sí,
él fue, estuvo, él es el que no es, y ahora quiere dejar de ser lo que resultó
ser;
sí,
yo soy el calendario, la madurez perdida en la inmensidad de su cenicero,
la
introspección que decide la ambigüedad de una especie de suicidio en las
palabras,
la
innecesaria oscuridad de la ceniza en el agua amarilla,
oxidada
costilla, astilla como remordimiento de lo encerrado, como bastoncillo de lija
a mitad
de tímpano;
laguna,
balsa que embalsama el agua salada, que amansa los moldes de los caminos, hasta
la
última cana del alma.
Su
cuerpo está hecho de costumbres,
sí,
costumbre mata costumbre, es sabido,
y
la costumbre de uno puede ser el sueño del otro,
y
el sustento de uno puede ser el veneno del otro,
y
los testigos de uno pueden ser los castigos del otro,
y
los demonios de uno pueden ser los vicios del otro;
las
mismas palabras, las mismas que se repiten en cada madrugada, plegarias,
mandamientos,
presagios de súbditos e inocentes,
la
esperanza con el sueño ligero de siempre, con su principio de amnesia como pez
en
pequeño acuario,
bulímica
confianza, calcinada valentía a flor de piel,
asmática
perseverancia de fuegos artificiales,
las
mismas palabras, las mismas que se olvidan en el despertar de los párpados, que
consiguen
menos que Sísifo y su roca;
en
cada madrugada sueña con otra vida, pero no sabe cómo hacerlo,
se
apodera de la incertidumbre del solitario que quiere estar solo y no sabe por
qué, que
maldice la ausencia de una compañía
y no sabe por qué,
se
pregunta qué pasaría si no se levantara más de la cama, si dejara de existir,
se
acuerda de las cosas que juró nunca acordarse,
le
duelen las lágrimas que todavía no ha escrito, los disparos en el pecho de los
versos que se
desangran de sobrepeso e inactividad,
le
falta salir a la calle y solo encontrar fantasmas,
teme
verse reflejado en lo que sus padres querían que se convirtiese,
y
es lo único que tiene…
Dicen
por ahí que recaer es lo mismo que ir a terapia,
que
la nostalgia no soporta el estupor de sepulcro de específicos recuerdos,
que
evadirse es más ergonómico, barato y sano que poner un huevo o salir volando,
que
el inescrutable e introspectivo pensamiento es menos, mientras la droga sea
más;
¿podrá
soportar veinticuatro horas sin estar drogado?
No,
si siente una vivienda, no, un abrevadero, un hogar de cuatro paredes sin
gotelé, que solo
es humo,
si
se hace el duro entre tanto consumo, tanto valiente como cobarde, entre la abstinencia
del
día a día,
y
se encuentra en constante y vengativo ebrio estado de cuerda sin víctima,
cuando
aspira la sustancia extraída de la pócima más próxima al alma de la planta
verde que
no es tan verde como parece;
el
aterrizaje le mataría el paisaje y secaría el brebaje del lenguaje del más alto
renacimiento;
por
lo tanto, no hay vuelta atrás si la humedad es un hogar tras muchos años con un
pie en el
precipicio,
ni
escucha las voces si la voluptuosidad es rutina como la rutina es
voluptuosidad,
si
lo que fueron vicios primero fueron los descubrimientos de un niño con mirada
de adulto;
y
niño tiene un vicio en las noches que le arregla el día matándole neuronas, por
un bien
común, porque dice que las pérdidas
acarrean ganancias;
y
así la biblioteca crece conforme al número de preguntas sin respuestas;
y
nunca se ve comprometido con lo pretérito y efímero del momento que le toca,
vive
inducido, propenso a la ingrávida inactividad que le produce severos efectos secundarios
como indoloras e incoloras insatisfacciones,
en
la irremediable inconformidad que acarrea cualquier acción y su sucesión,
indispuesto
en la convivencia de la inexplicable inconsistencia del alma de barro,
insaciable
cuando se trata de alcanzar la imposible perfección en la corrección de las
imperfectas imperfecciones que
escribe,
inhábil,
incapaz de superar mínimas tareas, carentes de incoherentes remordimientos,
insistente
en mantener el concilio y la supervivencia de la esperanza que vive en cada
madrugada y muere en cada mañana,
inerme,
suficientemente inerte, y pastoso interior, incorregible…
Abyecto
movimiento, yerto de piel para adentro,
a
simple vista, débil y sumisa bola de ceniza,
en
cada bocanada pierde la misma proporción de ceniza que de esperanza;
campanario
sin cigüeña ni campana, tan solo máscara y fachada,
avasallado
de murallas de antaño, roca a roca en la primera capa, ladrillo a ladrillo en
la
segunda, saliva a saliva en la tercera;
picores,
escalofríos, infortunios, manchas de dormitorio, sequedad en la garganta;
no
sabe recordar, ni reconocer donde estuvo ni lo que obtuvo,
no
puede controlar a la inconsciente sobredosis, a la poética inconsciencia, con
una rama de
olivo en sus manos, con un bolígrafo en
sus manos,
no
sabe refugiarse, sino en soportales de paja y paraguas a modo de pararrayos;
él
es realmente él cuando se dice a sí mismo que la poesía de cada noche es acabar
en la
inconsciencia,
y
es tan poco que cree ser Job y Dios al mismo tiempo,
tan
poco que admira la prepotencia de Dios y la evidencia del diablo,
y
se cree que es el último vencejo de roca,
y,
en este caso, pierde el vuelo, constantemente…
¿Vicios
o idilios? ¿Qué sería de él sin ellos?
¿Acaso
sacará algo en claro de todo lo que ve y escucha?
Pero
a él no le importa nada, tampoco su especie, excepto cuando la necesidad de
saciar
abunda;
y
padece de tantas palabras en los silencios de las madrugadas,
y
padece de tantos silencios en las palabras de las mañanas…
Sí,
es imposible no morirse de la ceguera que vive,
y
es lo único que tiene…
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